jueves, 23 de octubre de 2014

Con el permiso de los libros, hoy escribo yo

¡¡Hoy La Novena Caverna cumple un año!!

En todo este tiempo me han acompañado muchos libros, tal vez menos de los que me gustaría, pero el poder compartir lo que más me gusta ha pasado de ser un mero entretenimiento a una satisfacción personal, y aunque sólo sea por eso, el tiempo dedicado a cada entrada ha merecido la pena.

Por eso me gustaría celebrar este primer aniversario de una manera especial. Hasta ahora me he dedicado a hablar sobre lo que los demás han escrito pero hoy, por ser 23 de octubre, y con el permiso de los libros, me toca escribir a mí.

!Espero que os guste!

FELICIDADES #cavernícolas!!




"Aquí estoy, entre estas cuatro paredes. Dos palabras que podrían definir mi vida adulta. Cuatro muros lisos y de color blanco. Porque así lo decidieron. Casi no hay nada colgado, apenas un espejo en el que nunca me miro y un par de cuadros. ¿Las fotos?, decidí sacarlas. Al principio no me importaba, pero un día empezaron a incomodarme. No las echo de menos.

Muros, murallas, murallones. En ocasiones se me antojan enormes, tanto que me pierdo en ellos sin apenas darme cuenta, y entonces mi cuerpo deja de ser mío y me veo a mí misma en la habitación. Haciendo qué, eso no importa. Pero es el momento en el que siento esa felicidad de no ser yo.

Otras veces ocurre todo lo contrario, las paredes son cada vez más pequeñas, se vuelven prácticamente minúsculas mientras tratan de ahogarme, y es entonces cuando mi cuerpo se ve obligado a cerrarse, a replegarse sobre sí mismo para evitar ser engullido por la masa blanca. El cuello y la espalda me duelen, y cuando me doy cuenta, los dedos de mis pies están blancos, casi transparentes a fuerza de querer hacerse más pequeños. Siento mucho frío, tanto que no puedo moverme, y tras unos instantes de espera, un dolor familiar empieza a crecer en mi garganta, pero mi voz está tan escondida que no es capaz de encontrar la salida. Hay quien no quiere verme triste, y entonces me impide llorar; lo que no entiende es que en esos momentos llorar es lo único que me salva.

Muchas veces me han preguntado por qué siempre elijo estar encerrada en mi habitación. No estoy segura de haberlo elegido alguna vez, pero siento que es el único espacio al que pertenezco. Hace tiempo recuerdo salir de casa de vez en cuando a regañadientes porque mamá quería dar un paseo conmigo, decía que me haría bien airearme un poco. Todavía recuerdo el suplicio de recorrer aquel pasillo. Cuando volvíamos a casa ella estaba triste. Creo que con el tiempo fue capaz de comprender, al igual que yo, que los muros que me aplastan tal vez sólo me abracen para protegerme. Fue capaz de comprender que a través de mis sentidos sólo llegan percepciones irreconocibles, y que eso me da miedo.

¡Otra vez el mismo ruido! Me sobresalto y empiezo a notar cómo el latido de mi corazón inunda mi pequeño cuerpo, completamente agarrotado. ¡Siempre me pasa lo mismo! Aunque lo intente se las ingenia para paralizarme. Es más listo que yo.

Si tuviera que describirlo diría que parece como si algo o alguien se arrastrara por el suelo. A través de una melodía sorda se acerca, cada vez lo oigo más intensamente, deslizándose hacia un lado y hacia otro, hacia un lado y hacia otro. ¡Tengo que ser fuerte! ¡No puedo dejar que entre! ¡Esta vez no!

Aunque han pasado tan sólo unos segundos, este momento se me hace eterno, y empiezo a notar que mis manos están húmedas. Cómo desearía que las paredes quisieran protegerme también ahora, aunque me hagan sentir ganas de llorar. Cada vez está más cerca y pienso en si debería aproximarme a la puerta. Decido que sí. Pego la cabeza al suelo y puedo ver su sombra más y más grande, pero no puedo distinguir en ella algo mínimamente reconocible. Siento que me cuesta respirar.

¡Está aquí! Ya no se mueve.

A través de la delgada puerta puedo sentir su respiración, se entrecorta y suena pesada. Tengo miedo de que se cuele por entre las rendijas y contamine mi cubículo. Apoyo mi espalda contra la madera procurando hacer el menor ruido posible y entonces oigo un rumor acompañado de varios golpes secos. No hay duda, sabe que estoy aquí. El rumor se extiende y parece querer convertirse en palabras, pero no son más que sonidos inconexos imposibles de descifrar.

Mi respiración acelerada y unas tremendas, pero reprimidas, ganas de llorar no engañan a nadie. Estoy aterrada.

En el peor de los casos, cuando se dan estas situaciones, una parte de mí distingue que se trata de una imaginación, un concepto que inventa mi cabeza para darle forma al terror que en esos momentos me invade. Y digo en el peor de los casos porque entonces él no sólo me controla a su voluntad, sino que también tiene el placer de verme observándolo, de verme morir poco a poco. Las pocas veces que lo pienso con frialdad no me parece tan extraño, al fin y al cabo ¿en qué me diferencio del niño que imagina a un monstruo debajo de su cama? Tal vez en que el miedo del niño se evapora al ver entrar a su madre en la habitación, y yo estoy tan sola que ni siquiera tengo eso.

Otra vez silencio, ¿se ha ido?

Casi sin atreverme a respirar dejo de temblar. Sigo sintiendo esos nervios en el estómago que tantas veces me hacen vomitar y pienso en si me odio o si en realidad me doy pena a mí misma. Estoy tan agotada que más me valdría desaparecer. Aunque ahora no está aquí, mi madre dice que verme en este estado le hace daño, y sin quererlo me convierte en culpable, pero yo sólo quiero evitar que este miedo y este dolor acaben conmigo. En esos momentos, en el mundo no existimos más que mi enemigo y yo. Y supongo que esa es la razón por la que prefiero estar al amparo de estos cuatro muros, porque a ellos no puedo hacerles daño.

Parece algo lógico ¿verdad?, pues ahí fuera nadie lo comprende.

Sé que debería estar acostumbrada, porque a mi enemigo nadie lo oye ni lo siente, pero a mí se me revela como algo tan real que me vuelvo torpe incluso para ignorarlo. Nunca lo he visto, no sé cómo es, sólo llego a entrever una sombra informe que no se parece a nada, y eso me deja totalmente desprotegida. Quizá las sensaciones que me comunica sean más soportables, no todas intentan dañarme, a veces siento cómo me acaricia la espalda y me susurra dulces sonidos al oído, pero a fuerza de vivirlo he aprendido que eso sólo lo hace para convencerme de que le deje entrar y poder encontrarnos frente a frente. Esa es la única manera que tiene para sacarme de aquí.

De nuevo mi cuerpo se pone alerta, ¿por qué no habré estado más atenta? Ahora ya ha comprobado que sigo aquí. Volverá a acercarse, a hablarme, a tratar de seducirme mientras mi cabeza da vueltas, las mismas vueltas que a mi cuerpo se le niegan. Pero ¿qué pasa?, ¿por qué no habla?, ¡no puedo oír nada!, ¿qué está tramando?, ¡lo he oído acercarse, tiene que estar ahí! Puedo ver la oscuridad de su sombra queriendo colarse bajo la puerta.

Y de repente suenan los mismos golpes de siempre. Silencio otra vez. Por más que espero no ocurre nada.

Casi sin darme cuenta me envuelve algo familiar, un olor que me hace volver a los cinco años, cuando mi madre me dejaba acurrucarme con ella en el sofá. En un momento me rodean sensaciones de tal intensidad que creo que me voy a desmayar. Noto que me acarician el pelo suavemente, y cómo un dedo se desliza dibujando mi nariz. Una música de fondo me reconforta, me da calor y hace crecer en mí una necesidad urgente de sentirme rodeada por esos brazos llenos de lunares. Poco a poco se convierte en melodía e intenta decirme algo. Siento cómo el miedo se esfuma y, aunque todavía no comprendo qué me dice, sé que no quiere hacerme daño.

Una inmensa tristeza se expande pesadamente desde mi garganta hasta las yemas de los dedos dejándome sin fuerzas, al mismo tiempo que el odio hacia mí misma crece sin parar. Cada vez peso menos, me vuelvo transparente y siento que desaparezco. ¿Qué ha cambiado? Turbada todavía por un pensamiento que no me aclara si esta realidad es del todo real, decido abrir la puerta. Al fin y al cabo, si lo que hay fuera suena y huele tan bien no puede ser nada malo.

Un simple giro de la muñeca hacia la izquierda hace que sobre mí se abalance una oleada cálida y salada de la que ya no quiero escapar. Es entonces cuando, a modo de diapositivas, se disponen de manera atropellada los lunares, la bata azul, las caricias en el pelo, ese tacto suave que cada noche me traía el sueño. Mis brazos se agarran con tal fuerza que parece que se me van a separar del cuerpo, pero no me importa porque después de tanto miedo he conseguido volver a reconocerla.


Ahora todas mis necesidades se resumen en una sola. Quiero llorar. No sé si de felicidad o de alivio, pero sé que lo tengo prohibido. Y mientras pienso en el dolor que me produce ese llanto sin salida, una humedad cálida baja por mi espalda. Es entonces cuando comprendo que es ella la que está llorando por las dos."

martes, 14 de octubre de 2014

Las cenizas de Ángela

Ganadora del premio Pulitzer a la mejor biografía, el premio Boeke y merecedora del premio de la Crítica y el Libro del Año en Estados Unidos, Las cenizas de Ángela, publicada en 1996, es la primera parte de la autobiografía de Francis McCourt, quien relata en primera persona el dolor y la miseria que marcaron la vida de su familia durante toda su infancia y juventud. McCourt completaría esta autobiografía en 1999 con Lo es y finalmente en 2005 con El profesor.






Frank McCourt nace un 19 de agosto de 1930 en Brooklyn, Nueva York. Hijo primogénito de Malachy McCourt y Ángela Sheehan, emigrantes irlandeses en Estados Unidos en la década de los años 30 en plena Ley Seca y Gran Depresión, McCourt vive una infancia llena de penalidades: pasa hambre, frío, miedo, ve de cerca la muerte y tiene que convivir irremediablemente con la desaparición de aquéllos a quienes más quiere, con un padre alcohólico, miembro del IRA antiguo (ejército paramilitar de la República de Irlanda) y orgulloso de haber luchado por la independencia de su país, y una madre pobre de espíritu que ha perdido cualquier tipo de motivación desde la muerte de Margaret, su hija pequeña.






Hasta los 4 años, Frank y sus hermanos pequeños malviven con sus padres en Nueva York. Tras la muerte de la pequeña Margaret la situación familiar es tan deplorable que unas primas de Ángela deciden que lo mejor para ella y los niños es volver a su Irlanda natal, pero el recibimiento por parte de los McCourt no es en absoluto bueno, sino más bien de una indiferencia total. Al poco de llegar y en vista de que en Irlanda del Norte la situación es incluso peor que en América, deciden marcharse al Estado Libre (actual Irlanda) e instalarse en Limerick, donde vive la familia de Ángela.




Allí la situación no es en absoluto mejor. Afectados por la eterna humedad y niebla de la ciudad provocada por el río Shannon, la familia McCourt vive en una atmósfera de constante pobreza, desconfianza y poco afecto donde los miembros de la familia no se hablan entre ellos, el escepticismo y envidia entre vecinos está a la orden del día y los niños son tratados como seres más o menos inútiles hasta que alcanzan la edad necesaria para ir desempeñando tareas. A lo largo de las páginas se retrata la sociedad irlandesa de la época, piadosa y sumida en una pobreza tal que incluso presenta una esperanza de vida realmente baja; el propio autor, haciendo un símil con el deterioro físico inherente a la edad, dice que era tanta la pobreza de la que estaban rodeados que poca gente llegaba a tener canas.




A todas estas penalidades hace referencia el título de la novela, como queriendo reunir una vida de miseria en un simple gesto. A lo largo de la narración se le da un significado muy especial a las cenizas de la chimenea, a las que Ángela McCourt se queda mirando fijamente cada vez que la situación le desborda, como en un intento de evadirse del mundo que le rodea tratando de buscar un calor reconfortante en ellas, un calor que casi nunca encuentra.

La narración está plagada de multitud de personajes con mayor o menor importancia quienes, a excepción del pequeño Frank, no presentan un gran desarrollo, sino que más bien son las situaciones y la evolución de sus condiciones lo que enmarca las acciones de cada uno. Esto hace que no sepamos cómo son más allá de sus acciones, no hay nada que nos diga el tipo de carácter de cada uno o su evolución psicológica. En este sentido, las reacciones más íntimas a una vida de desapego las encontramos en un Frank muy observador, responsable y reflexivo que entiende su posición en el mundo, que acepta lo que le viene con un estoicismo impropio de un niño de su edad pero que no deja nunca de soñar con un futuro mejor.




El contrapunto a tanta tragedia lo encontramos en el empleo de un narrador protagonista. Al estar contada la historia en primera persona desde que el protagonista tiene apenas dos años en ocasiones se suceden anécdotas que vistas desde el punto de vista de un niño pueden parecer cómicas, dan lugar a malentendidos y a las típicas reflexiones de un niño pequeño. Poco a poco esta visión va evolucionando y vemos como Frank empieza a preocuparse por todo lo que le rodea, va a la escuela y aprende, lo que de manera inconsciente va alimentando un afán de superación que prácticamente no encuentra en quienes le rodean. Comienzan a formarse así sus sueños y aspiraciones de volver a América, donde todo es mejor que en Limerick.

Nos encontramos, por tanto, ante una historia de superación en letras mayúsculas, en la que el protagonista es capaz de transformar todas las vivencias negativas en ganas de cambiar su vida, en ganas de tener un buen trabajo que le permita alcanzar su sueño: volver al país en el que nació y del que tantas cosas buenas se cuentan.

Desde el punto de vista histórico, la infancia y juventud de Frank presenta un trasfondo político de gran calado, tanto a pequeña como a gran escala.

Por un lado, se nos acerca el retrato de la eterna lucha entre británicos e irlandeses, de la lucha de estos últimos por su independencia y de las consecuentes actividades del Ejército de la República de Irlanda (IRA). Hay un rechazo palpable a todo lo británico y por ende a lo relativo a Irlanda del Norte (creada en 1921 tras la partición de la isla) y a todo lo estadounidense. Además, de una manera más o menos acentuada, se aprecian ciertos conflictos religiosos por la convivencia en una misma comunidad de católicos, protestantes y presbiterianos.






Por otro lado y a un nivel internacional, la novela se enmarca prácticamente en su totalidad en la Segunda Guerra Mundial. En 1940 el Primer Ministro Eamon de Valera declara la neutralidad de Irlanda en la contienda, algo que por otra parte no sienta muy bien a Winston Churchill quien hará lo imposible para que Irlanda participe (curiosamente la cerveza Guiness tuvo mucho que ver en esto). A pesar de las presiones por parte del gobierno británico, la neutralidad supone un alivio para las familias ya que los hombres emigran a Inglaterra para trabajar en las fábricas de armas con lo que pueden mandar puntualmente dinero a sus familias, dejando de lado su aversión a todo lo que tiene que ver con sus opresores durante más de 800 años.





En definitiva, nos encontramos ante una historia imprescindible donde las situaciones vividas por los personajes hacen llorar la mayor parte de las veces, pero también reír en ciertas ocasiones. De manera sencilla, ágil y amena, McCourt nos introduce en una época histórica dura y gris, en ciertos aspectos terriblemente ajena al mundo actual y nos hace partícipes de la realidad de un país que durante siglos se ha sentido castigado, oprimido y ninguneado.

domingo, 5 de octubre de 2014

El Paciente

Publicada a comienzos de este mismo año, El Paciente es la quinta novela del periodista y escritor Juan Gómez-Jurado, uno de esos libros que es imposible dejar de leer una vez el protagonista te engancha en la primera página, y donde capítulo tras capítulo te ves inmerso en una carrera contrarreloj llena de sentimientos, emociones y obstáculos que bullen sin descanso hasta el mismísimo punto y final.






El Doctor Evans lleva más de mil ochocientos días en el corredor de la muerte. Es su largo encierro y la necesidad de explicar las circunstancias que le han rodeado en los últimos tiempos lo que hace que comience a analizar las causas y consecuencias de sus actos, todo lo que le ha llevado hasta ahí, todo lo ocurrido en aquellas 63 horas previas a uno de los momentos más importantes de su vida.

David trabaja como neurocirujano en el hospital Saint Claire de Washington, es viudo y hace gran cantidad de horas extra para poder hacer frente a todos sus gastos y cuidar de su única hija, Julia. Una noche, tras haberle salvado la vida a un joven en una operación a vida o muerte vuelve a su casa y descubre que tanto Julia como su niñera no están, han desaparecido. A partir de este momento tiene lugar una frenética búsqueda en la que hasta la propia familia es sospechosa, pero son varios mensajes de texto los que finalmente le llevan ante un hombre que le pide como rescate algo totalmente inaceptable para un cirujano, algo que violaría por completo su código deontológico: si quiere volver a ver a su hija, su próximo paciente deberá morir en la mesa de operaciones. Si tal proposición supera ya de por sí los límites morales de cualquier profesional, la magnitud del encargo adquiere sus mayores proporciones cuando se descubre quién es el paciente: ni más ni menos que el presidente de Estados Unidos.




La historia está narrada en orden decreciente según las horas que faltan para la fatal operación y en ella vemos, a modo de pequeños saltos en el tiempo perfectamente hilados y comprensibles, los momentos clave que marcan los pensamientos del protagonista a medida que los acontecimientos se van sucediendo: su mujer, su hija, su vida juntos, las dudas y preocupaciones cuando se le encomienda la importante tarea de salvarle la vida al Presidente y como esa misión es la que se le vuelve en contra cuando es la vida de su hija la que está en peligro.

Son estos mismos acontecimientos los que hacen que lo que en un principio parecía una locura se convierta en una obsesión, asegurándose por todos los medios de ser él quien lleve esa operación a cabo sí o sí.

Desde el principio el autor marca un ritmo muy ágil, en ciertos puntos hasta frenético, lo que invita a seguir leyendo más y más. Esto es una muestra de cómo el autor traslada a ese ritmo las sensaciones y preocupaciones del protagonista: Dave busca como loco a su hija, necesita verla y comprobar que está sana y salva, y para ello no duda en coger el coche en plena noche y plantarse en casa de sus suegros a kilómetros de distancia.

La narración está dividida en tres partes estructuradas a modo de relatos paralelos que nos introducen a los tres personajes principales de la trama: David, que busca desesperada e incansablemente a su hija; Kate, miembro del Servicio Secreto estadounidense, cuñada de David y tía de la niña; y el señor White, un manipulador en potencia que somete al protagonista a una constante y asfixiante vigilancia.

A pesar de partir de puntos psicológicos muy distanciados, estos tres personajes tienen algo en común: el halo de incomprensión que les ha acompañado durante toda su vida. David está marcado por una infancia de orfandad y maltratos, Kate siente que nunca pudo ganarse el verdadero afecto de su padre, y el señor White nunca encontró una respuesta positiva a su gusto por la manipulación de la psique humana. Esto, junto con el desarrollo de los acontecimientos, hace que con el pasar de las páginas se vayan acercando de tal manera que incluso lleguen a necesitarse los unos a los otros para conseguir objetivos diametralmente opuestos.

El Paciente nos habla de las reacciones del ser humano ante un ataque a su intimidad y lo que más quiere, de cómo el protagonista se encuentra de repente moralmente desnudo ante un desconocido que le chantajea con su propia vida, de cómo se siente cualquier ser humano cuando ve su intimidad invadida por completo, de cómo sus emociones son marionetas en manos de otros. Fluyen constantemente sentimientos de miedo, desesperanza, odio y egoísmo provocados por los más oscuros intereses, lo que deja patente la enorme capacidad del ser humano para resistir ante situaciones de máximo dolor y sufrimiento a través de mecanismos de defensa de los que ni él mismo es consciente.

Vivimos en una sociedad en la que ni siquiera necesitamos que nos expliquen por qué alguien quiere asesinar al presidente más poderoso del mundo, quizá creamos que va implícito en el cargo. Tal vez sea ese el motivo por el que el autor no le da ni el más mínimo protagonismo a esta cuestión, cuando está en juego la vida de un hijo, cualquier otra, hasta la propia, deja de valer lo que hace unas horas. El dolor y el miedo nos vuelven insensibles, insensibles ante el poder, ante la riqueza y ante el peligro.


Jane Austen escribió una vez: “Una novela debería mostrar al mundo tal y como es. Cómo piensan los personajes, cómo suceden los hechos...Una novela debería de algún modo revelar el origen de nuestros actos”. Y eso es precisamente lo que Juan Gómez Jurado ha conseguido con El Paciente.

jueves, 25 de septiembre de 2014

La verdad sobre el caso Harry Quebert

Publicada en septiembre de 2012 y galardonada con el premio Goncourt des Lycéens, el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y el Premio Lire a la mejor novela en lengua francesa La verdad sobre el caso Harry Quebert es la segunda novela del jovencísimo escritor suizo Joël Dicker.






Tras el éxito de su primera novela el escritor Marcus Goldman se encuentra bloqueado por el síndrome de la página en blanco. Tras varios meses infructuosos decide ponerse en contacto con la única persona que puede ayudarle: Harry Quebert, un famoso escritor estadounidense y su antiguo profesor de literatura en la Universidad. Con la esperanza de encontrar la inspiración perdida se traslada a vivir de manera temporal a la casa que Quebert tiene en Aurora, New Hampshire. Allí descubre de manera casual la extraña relación que su mentor había mantenido con Nola Kellergan en el pasado, una joven de 15 años desparecida en agosto de 1975. A los pocos días, cuando Marcus regresa a Nueva York, Harry Quebert es detenido acusado de secuestro y asesinato.




A partir de este momento comienza una historia de investigación por parte de la policía y por parte del propio Marcus, que busca a toda costa demostrar la inocencia de su amigo y mentor. Pero su investigación se ve condicionada por un misterioso mensaje amenazante que se repite en pequeñas notas escritas a ordenador: “Vuelve a tu casa, Goldman” ¿Quién está detrás de estas misivas? ¿Alguien a quien no le interesa que se siga husmeando treinta y tres años después? ¿Tal vez el verdadero asesino?

A lo largo de la investigación Marcus se encuentra con todo tipo de testimonios, algunos de los cuales no dejan muy bien parado a Harry. Tal es el caso de Tamara Quinn, una anciana que odia sin contemplaciones a Harry convirtiendo en propio el despecho de su hija.

Aunque el argumento resulta interesante desde un principio y engancha a cada capítulo que pasa, parece un tanto inverosímil el hecho de que Marcus, sin tener ningún tipo de relación con la policía se dedique a investigar el caso por su cuenta, y no sólo eso, sino que además de vez en cuando recurre a la propia policía o al abogado defensor de Harry para ponerlos al corriente de sus investigaciones.

La historia está contada a través de 31 capítulos que van en orden decreciente, como si quisieran marcar una cuenta atrás y empiezan con pequeños fragmentos de diálogos entre Marcus y Harry, en ocasiones simples reflexiones que funcionan como consejos para llegar a ser un buen escritor, directrices a las que se les da un papel principal en la narrativa de cada capítulo. Además, están contados a partir de tres momentos importantes para el desarrollo de la narración: 1975, el año de la desaparición de Nola; 1998, año en que Marcus entra en la Universidad y conoce a Harry; y 2008, año en el que se encuentra el cadáver de Nola y Harry es detenido. Como recurso narrativo cabe destacar además el empleo de fragmentos de la famosa novela de Harry Quebert El origen del mal, a la que se hace una referencia constante en el libro.




Del mismo modo, la novela está dividida en tres partes. La primera hace referencia a los últimos meses de Nola antes de su desaparición, de cómo conoce a Harry y se enamora de él y de cómo discurre su vida en Aurora. La segunda parte de la investigación policial que se desarrolla a partir de la desaparición de la joven. La tercera hace referencia a la resolución del caso y de qué manera influye en Marcus y en todos los habitantes de Aurora.

La relación entre Harry y Nola recuerda irremediablemente a ese profesor Humbert Humbert al que Vladimir Nabokov hizo perder la razón por una jovencísima Lolita. En este sentido es evidente también la licencia estilística que se toma en comparación con el primer párrafo de la novela de Nabokov: la repetición del nombre de la persona objeto de deseo, cada letra, cada sílaba, como paladeándola para impedir perder cualquier tipo de matiz.






El narrador omnipresente hace que en todo momento sepamos los pensamientos de cada uno de los personajes, lo que da una perspectiva mayor a la trama y una visión más ampliada de su psicología.

Sin duda, son los tres personajes principales los que experimentan una mayor evolución a lo largo de la narración. Nola comienza siendo una niña ingenua de 15 años llena de fantasías de adolescente y sin llegar a hacerse mayor su personaje va madurando hasta el punto de llegar a ver en ella aspectos que difícilmente podrían ser propios de una chica de su edad, sino de un adulto. Los distintos testimonios retratan a un Harry solitario concentrado en su profesión de escritor, pero a medida que pasan las páginas nos encontramos ante un hombre que trata de escapar de un amor imposible, un hombre atormentado por la circunstancias pero con un fondo tierno y sensible. Finalmente, Marcus se muestra como alguien incapaz de enfrentarse a un fracaso, que sólo acomete cosas que sabe que va a poder hacer, casi sin arriesgar nada. No es más que un escritor novel venido a más que buscando inspiración se ve envuelto en un complejo caso de secuestro y asesinato, lo que hace que sus actos sean más humanos, más enfocados a la defensa de su amigo que a solventar su extrema situación profesional. De hecho parece evidente un cierto paralelismo entre los dos personajes masculinos, es como si Marcus repitiera en cierto sentido la vida de Harry 30 años más tarde, algo que quizá los una más que una mera relación profesor-alumno.




La verdad sobre el caso Harry Quebert puede analizarse como un fiel retrato del ser humano, de sus más bajos instintos, de cómo actúa en situaciones límite y cuáles son los mecanismos de defensa a los que recurre, de cómo se mueve por su propio interés incluso acusando sin pruebas de los crímenes más terribles, de cómo hace daño sin pudor ni compasión, de cómo es egoísta, perverso, envidioso y mediocre, y de cómo autocastiga su alma atormentada. El amor está tratado desde la prohibición y el conformismo, los personajes engañan, son engañados y se ven constantemente juzgados desde la moral más puritana e hipócrita.

A lo largo de toda la novela subyace una dura crítica a la sociedad norteamericana y al mundo editorial en general, a cómo en ocasiones lo único que se busca es carnaza que garantice un mayor número de ventas.


Aunque la narración es bastante ágil y la gran cantidad de flashbacks están bien estructurados sí es cierto que lo verdaderamente interesante se encuentra al principio y al final, el medio se pierde un poco en repeticiones e investigaciones que llevan demasiado tiempo, lo que hace que el verdadero final se precipite en el último capítulo. Este final no fue personalmente algo predecible, ya que a través de engaños el autor nos hace creer una cosa y en la hoja siguiente la contraria hasta el punto de que el lector no es consciente de cuál es la verdad hasta el mismo final, algo que por otra parte es lo que se presupone en un buen libro.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Ha vuelto

“Yo también sigo aquí, y eso tampoco lo entiendo”

En septiembre de 2013 salía publicado el primer libro escrito en solitario por el periodista alemán Timur Vermes: Ha vuelto, un título controvertido que ha sabido granjearse por igual multitud de críticas y alabanzas en un país, Alemania, profundamente marcado por la figura de Adolf Hitler.

Nada en sus casi 400 páginas es aleatorio. Ni su portada minimalista, objeto de una campaña de marketing del todo efectista, y mucho menos su precio de mercado: 19,33 euros (1933 fue el año en que Hitler llegó al poder).




En marzo de 1945 Hitler, a punto de consumarse su derrota, ordena a la Wehrmacht destruir todo lo que queda en pie en Berlín para evitar así que el enemigo pueda utilizar cualquier recurso para atacar. Está a punto de perder la guerra, así que el pueblo alemán, ese pueblo que durante años se convirtió en una máquina de destrucción, habrá perdido también su derecho a existir.






Pero esto no es una historia más de la Segunda Guerra Mundial.

Un día caluroso de agosto de 2011 Adolf Hitler se despierta en un descampado de Berlín. Aturdido y totalmente desubicado trata de encontrar alguna pista que le haga entender por qué todo es tan diferente, por qué nadie se dirige a él con el saludo militar y a qué se deben tantas miradas de estupor e incomprensión. Poco a poco, no sin desmoralizarse, va aceptando su nueva situación a medida que lee en las revistas de Historia el transcurso de los acontecimientos tras su suicidio (¿qué es esa tontería de que se suicidó en abril de 1945? sin duda, una gran mentira fruto de la manipulación de los medios) hasta que una noche de inspiración llega a la conclusión de que su misión en el mundo actual es volver a sus orígenes, cuando era un cabo que asombraba al resto de soldados con su facilidad de palabra. Hitler comienza a trabajar sin descanso para conseguir seguidores, para infundir en la población el mismo fanatismo nacionalsocialista que ya había logrado casi setenta años atrás. Solo que esta vez se sirve de un programa de humor en la televisión.




Este escenario da lugar a situaciones del todo bizarras y un tanto ridículas en las que Hitler responde de la única manera que sabe. Vive y entiende la actualidad desde el punto de vista del amo de Europa en el año 1945 y sus respuestas (tan auténticamente nazis) a las reacciones de incomprensión de quienes le rodean son tan vehementes que es imposible no reírse, aunque en ocasiones dé hasta reparo reírse de según qué cosas.

Parece que Hitler, por ser Hitler, no haya sido humano. Desde luego la mayor parte de sus acciones no lo dejan muy bien parado en este sentido, pero inmerso en una sociedad actual y rodeado de personas del todo normales, parece lógico que haya momentos en los que tenga que actuar como un ser humano más. Es precisamente esta perspectiva la que emplea el autor para dar esos toques de humor, porque ¿alguien se imagina a Hitler dando consejos sobre amor e incluso sobre moda femenina?

Con el paso del tiempo empieza a ser consciente de la evolución sobre todo tecnológica del mundo actual, lo que le hace librar un tipo de batallas a las que no está acostumbrado. Para él estos avances están tremendamente desaprovechados, ¿por qué en vez de emplear la televisión como método propagandístico hay tantos programas de cocina?

En este sentido el libro está muy bien documentado, nos encontramos ante un personaje que no sale nunca de lo que ha sido como figura histórica. Esto hace que la gente considere que nunca deja de lado su papel pero es que ellos no saben que no hay ningún papel. El fanatismo es uno de los rasgos característicos que el Führer busca en todas las personas con las que se relaciona, y es algo que encuentra en diferentes aspectos, pero nunca desde un punto de vista político, que es lo que él menos comprende. Ve en todos ellos el germen que hubo en su día en quienes le siguieron fervientemente en el camino hacia la conquista de Europa.




En ciertos pasajes el propio Hitler se dirige al lector con la intención de hacerlo partícipe de sus sensaciones, como si fuera un confidente que le comprende y conoce la Historia tal y como él la ha vivido (ni hablar de suicidios, eso es de cobardes). Hace especial referencia a sus años de juventud, al rechazo sufrido en la Academia de Viena y a las duras condiciones de la escuela militar, episodios que superó gracias a su tesón y a un deseo ferviente, a saber: convertirse en el nuevo Napoleón, aunque esta vez con éxito.

El ritmo narrativo es ágil y, aunque está plagado de referencias a personajes alemanes tanto históricos como actuales, las anotaciones aportan la información necesaria para que no parezca que el lector pueda no estar enterándose de quién se está hablando. Como está contado en primera persona hay muchas páginas dedicadas a las reflexiones del propio Hitler, donde el autor no hace más que reproducir coma por coma algunos de los pensamientos más oscuros del protagonista, algo tal vez de mal gusto para los caracteres más sensibles.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial la figura de Hitler se ha tratado siempre desde el punto de vista de un loco que llevó a cabo todo tipo de barbaridades “por el bien del Pueblo Alemán”. Pero son muchas las referencias en el cine que nos presentan a un Führer desde distintas perspectivas: la de un ser ególatra y trastornado o la de un ser humano que (podría decirse) sufrió personalmente por conseguir sus objetivos en pos de la pervivencia de la raza aria en Alemania. En este sentido, hasta ahora son conocidas a nivel mundial las cintas realizadas por Chaplin en su largometraje El gran dictador u Oliver Hirchbiegel con El Hundimiento.






Pero el verdadero trasfondo de este libro va mucho más allá de querer presentarnos la figura de Hitler como un personaje cómico o desvirtuado. Aunque en la conciencia colectiva actual parezca muy claro que ese tipo de cosas no pueden volver a ocurrir o que parecería imposible que esto se diera en la sociedad occidental actual, Timur Vermes nos quita la venda de los ojos y nos enseña que los medios cambian (la propaganda se ve sustituida por los medios de masas, algo sin duda mucho más rápido y quizás más efectivo) pero los objetivos pueden seguir siendo los mismos, y no digamos ya las múltiples formas de manipulación. ¿Podríamos asistir, ochenta años después, al ascenso al poder de un nuevo Hitler amparado en la voluntad del pueblo? Al fin y al cabo la demagogia es eso, una manipulación de masas en estado puro.


domingo, 14 de septiembre de 2014

El abuelo que saltó por la ventana y se largó

El abuelo que saltó por la ventana y se largó es la primera novela del escritor y periodista sueco Jonas Jonasson (Per Ola Jonasson), publicada en 2009 y adaptada al cine en 2014.






Allan Karlsson vive en una residencia de ancianos en la ciudad sueca de Malmköping y el día en que cumple cien años decide fugarse poco antes de la celebración preparada por el alcalde y todo el personal de la residencia. Sin un destino claro se dirige a la estación de autobuses donde un joven le pide que vigile su maleta mientras va al baño, pero su tardanza hace que Allan se suba en el siguiente autobús llevándose el equipaje. Tras un recorrido no muy largo llega a una vieja estación de tren abandonada donde vive Julius quien, de manera inesperada se convierte en su compañero de viaje.




Es a partir de este momento cuando da comienzo una historia de persecución a dos bandas: por un lado, la policía, que quiere desvelar el misterio del centenario desaparecido y por otro, la banda criminal Never Again, que busca recuperar la maleta y su misterioso contenido. Contamos aquí con una narración desde diferentes puntos de vista, lo que aporta información acerca de los distintos escenarios de la trama: conocemos de primera mano el momento en el que Allan se escapa, el momento en que en la residencia descubren que no está en su habitación o el momento en el que el joven de la maleta se da cuenta de que un anciano se la ha robado.




El libro está dividido en dos partes. Una nos cuenta la historia del Allan centenario que decide fugarse y vivir su vida y, otra, la historia de cómo Allan creció y vivió en diferentes lugares en un mundo marcado por la guerras, las traiciones políticas y las revoluciones obreras. La evolución de estas dos historias hace que la narración se desarrolle en círculo y que se completen la una a la otra. Si bien es cierto que la historia de la vida de Allan trata de mostrar una visión en retrospectiva de la vida de un anciano centenario, las dos narraciones tienen sentido por separado, ya que en la nueva aventura de Allan apenas se hace referencia a su pasado o su procedencia.

Estos dos escenarios están tratados desde la más pura e ilógica comicidad en la que se suceden situaciones imposibles y sin sentido que le dan una nueva dimensión a la figura de los protagonistas ya que, ante la mayor falta de cordura actúan con total normalidad.




Del mismo modo, el tratamiento de los personajes, aunque sentimental, está cargado de humor, lo que les da una visión realista, muy humana y entrañable. Todos empiezan siendo personajes totalmente imperfectos y, en cierto sentido, desgraciados en sus vidas, pero con el paso del tiempo van adquiriendo otras muchas cualidades que hacen que el lector les coja un cierto cariño. Este humor es incluso evidente en las descripciones de sus propias acciones y pensamientos, donde poco importa que nos encontremos ante el jefe de una banda criminal, un vendedor de salchichas o un conocido ratero de pueblo ya que en esta historia nada tiene sentido.

Este enfoque se extiende además a las propias acciones del protagonista quien, a sus cien años y durante toda su vida vive grandes aventuras un tanto inverosímiles, como codearse con las personalidades políticas más influyentes del sigo XX. Este tipo de cosas son las que le dan interés al libro, lo que hace que en el medio el lector se eche a reír ante el tinte absurdo de lo que está leyendo.

Pero dejando de lado el tinte más humorístico y absurdo del libro, parece evidente que nos encontramos ante una crítica mordaz a la sociedad del último siglo, a cómo se han ido desarrollando las cosas, a cómo se han desatado guerras y se han ganado o perdido, a la indiferencia de los gobernantes hacia todo lo que no les supone un beneficio económico o de estatus social. De hecho, son recurrentes las alusiones a la corrupción como forma de ascender en el mundo de la política.

En todas las situaciones descritas, en las que siempre hay importantes personajes políticos de por medio, hay una clara crítica a determinados sistemas de gobierno. Se ridiculiza el comunismo a través de personajes como Stalin, Mao Tse-Tung y Kim Il-Sung, retratándolos como figuras altamente desconfiadas pero, en definitiva, fáciles de engañar. Lo mismo ocurre con el capitalismo occidental, totalmente cegado por su sentimiento de superioridad característico hacia el resto de la humanidad.






En la parte que narra las aventuras de Allan ya como hombre centenario también es evidente una crítica a las fuerzas de seguridad, a los medios de comunicación y a los jueces actuales. Tanto los unos como los otros llevan a cabo su trabajo a ciegas hasta cierto punto, dando información a la población que no es del todo veraz, en ocasiones sin contrastar y exponiendo teorías aún por comprobar.

En definitiva, nos encontramos ante un libro ligero, entretenido y fácil de leer con un interés mayor del que el título o el tema puedan transmitir en un principio.


Por cierto, me resulta muy curiosa la alusión que se hace a la figura de Fabergé, al que se le llama Fabbe, y a uno de sus famosos huevos de Pascua, considerados obras maestras de la joyería y que tenían como destinatarios los zares y la alta burguesía rusa de finales del siglo XIX y principios del XX.



miércoles, 10 de septiembre de 2014

El jilguero

“Sólo era consciente del alivio de estar allí, de mi dolor y de que tenía el corazón rebosante”

Premio Pulitzer a novela de ficción en el año 2014 y nominada al premio del Círculo Nacional de Críticos y a la medalla Andrew Carnegie, El Jilguero es la tercera novela de la escritora estadounidense Donna Tartt quien, a través de personajes contemporáneos, nos acerca el retrato de una existencia movida por la desgracia y la autocompasión que recuerdan al tormento propio del hombre romántico.




Theo Decker lleva una semana encerrado en la habitación de un hotel en Amsterdam sumido en una mezcla del sopor que le provoca la fiebre y el miedo a ser descubierto. Este estado mental de agitación le hace pensar en el origen de su vida tal y como es ahora, con un poso de tristeza y abandono que inspira lástima.




Tiene trece años y acaba de ser expulsado del colegio. Se dirige con su madre hacia una reunión con el director pero un taxi nauseabundo, una lluvia incesante y más tiempo del esperado hacen que Theo y su madre se resguarden dentro del Museo Metropolitano de Nueva York sin ser conscientes de lo que pasará a continuación: un hecho que dejará a Theo sin su sustento en la vida. A pesar de la desgracia, se abre ante él un mundo nuevo rodeado de muebles antiguos, un cuadro famoso, Welty y Pippa, dos personajes que indirectamente le guiarán durante todo el recorrido de su vida suponiendo a veces una carga pero otras muchas mostrándole las salidas que tanto ansía.








Tanto el título como la obra en sí giran en torno a un cuadro pintado en 1654 por Carel Fabritius, un pintor holandés discípulo de Rembrandt y maestro de Vermeer, bastante exitoso en vida pero que desgraciadamente murió de manera prematura, lo que le impidió dejar grandes obras para la posteridad.

Este cuadro aparece como un hilo conductor en la vida de Theo, de una manera u otra tiene aspectos comunes con la gente con la que el protagonista se relaciona, al mismo tiempo que aparece como el origen de sus grandes angustias, ya que el miedo a que alguien se haga con él lo obsesiona y paraliza.






El libro está dividido en cinco partes, cada una de ellas referente a grandes cambios en la vida del protagonista. Pero aunque esto es así formalmente, existen dos partes bien identificadas y que más o menos suponen las dos mitades del libro: la historia del Theo adolescente y la del Theo adulto, donde somos testigos de cómo se van gestando vicios y costumbres que le llevan a vivir como vive y a hacer lo que hace.

Ya desde la primera página se aprecia un gusto desmedido por el empleo de adjetivos con el objetivo de describirlo absolutamente todo, hasta el más mínimo detalle (el color de la etiqueta de aquella botella de agua bajo los escombros). Es curioso además el empleo de adjetivos sensitivos que le dan a las cosas aspectos y sensaciones impropios; por ejemplo, se habla de la textura del cielo o del sabor del aire. Esto hace que aunque la narración sea bastante fluida, el ritmo sea realmente lento, algo mucho más evidente en la primera mitad de la novela.

De hecho, en esta primera mitad da la sensación de que no pasa nada, se relatan los cambios en la vida del protagonista desde el repentino suceso en el museo, pero nada de gran interés como para dedicarle tantas páginas a cada uno. Sin embargo, una vez superado ese punto medio imaginario, los hechos verdaderamente importantes empiezan a sucederse, el ritmo se hace mucho más fluido y todas las piezas parecen encajar, ya que en esas primeras páginas se gestan los aspectos que desvelan la trama, creando además una serie de interrogantes: ¿qué hace en Amsterdam en ese estado?, ¿qué tiene que ver el cuadro de El Jilguero en toda la historia?

A pesar de este ritmo en ocasiones demasiado lento e incluso pesado, lo que más me gusta es la narración en sí. En un mismo párrafo se suceden frases que relatan lo que está pasando al mismo tiempo que se mezclan recuerdos de conversaciones o anécdotas, algo que le da un punto de fluidez y personalidad, ya que el lector puede hacerse una imagen bastante vívida de lo que realmente está pasando por la cabeza del protagonista. Esto es especialmente evidente en momentos dramáticos o de tensión: el suceso en el museo o los arranques de ira y euforia de su padre. En este aspecto me recuerda formalmente, salvando las distancias, a la narrativa de Saramago, donde todo se desarrolla en un único párrafo y donde en ocasiones resulta complicado saber quién habla en cada momento.

Sobre todo en la segunda mitad de la novela hay continuas referencias al cuadro como “experiencia de vida”, como si la autora quisiera transmitirnos la vida y circunstancias del pintor Fabritius a través de un actor, Theo, contextualizado en el mundo actual. El paso de los años hace que lo materialmente tangible cambie y evolucione, pero los sentimientos y sensaciones permanecen inalterables. En este sentido nada separa al hombre del siglo XXI del humanista del Renacimiento o del hombre atormentado del Romanticismo.




Pero quizá lo más complejo que encontramos en la narración sea el tratamiento del protagonista cuya psicología está totalmente entroncada con esta visión romántica, la del ser autodestructivo, autocompasivo y melancólico. Una narración plagada de reflexiones personales que poco a poco van dando sentido a un Theo traumatizado por el dolor y la soledad que roza durante toda su vida la delincuencia y la drogadicción pero que eventualmente encuentra consuelo en los brazos paternales de Hobie o en la amistad sin condiciones de Boris.


En este sentido la novela tiene una profundidad mucho mayor de la que se muestra en un principio, ya que en definitiva nos encontramos ante un retrato del ser humano como mente voluble y moldeable.