sábado, 25 de abril de 2015

Las tres bodas de Manolita

"En los buenos tiempos, las chicas se casan por amor. En los malos, no siempre pueden elegir"

Entre 1872 y 1912, Benito Pérez Galdós compuso una de las colecciones más famosas de novela realista del siglo XIX: los Episodios Nacionales, 46 novelas históricas que desgranan los entresijos de la sociedad española entre 1805 y 1880.






Casi un siglo después de la publicación del último tomo, llegaría a las librerías Inés y la alegría, el primer título de otra colección con la que Almudena Grandes pretende homenajear a quien ha sido considerado el único novelista español capaz de medirse con Cervantes. Episodios de una guerra interminable son los "otros" episodios nacionales, seis novelas que recorren la evolución de una España devastada tras la Guerra Civil que intenta recomponerse como puede bajo el yugo de la Dictadura.




Tras Inés y la alegría, se publicaría en 2012 El lector de Julio Verne y dos años después Las tres bodas de Manolita, a la que presumiblemente seguirán Los pacientes del doctor García, La madre de Frankenstein y Mariano en el Bidasoa.




Manolita Perales García es una adolescente que, en plena Guerra Civil, trata de sobrevivir junto a su familia en la frágil Madrid a punto de ser tomada por los nacionales. Años atrás, siendo pequeña, había llegado a la capital huyendo de la miseria del campo y ahora, con catorce años, empieza a ser consciente del mundo que se desarrolla a su alrededor, un mundo marcado por la fundación de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), por la actividad clandestina de la CNT y por conspiraciones y tapaderas comunistas que hacen la vida aún más complicada a quienes se resisten a vivir oprimidos.






Es precisamente esta atmósfera de clandestinidad donde se fragua el verdadero protagonismo de Manolita, un contexto tan ajeno y peligroso que consciente y deliberadamente ha decidido mantenerse al margen. Pero un día, esa línea que separa lo oculto de lo "nacionalmente" correcto se rompe por motivo de unas multicopistas de contrabando cuyas instrucciones parecen ser indescifrables. Esas máquinas inservibles, lejos de ser mera chatarra, pueden significar la vida de su hermano Antonio, por lo que el tesón que la había acompañado hasta ese momento se diluye y Manolita se lanza de cabeza a un mundo donde todos son sospechosos, donde de las miserias se inventan alegrías y donde lo que menos se espera puede convertirse en realidad.

Relatado en base a dos grandes partes denominadas "Un principio" y "Un final", la novela consta de una estructura muy simple. Se trata de una narración coral construida a base de historias que dan lugar a recuerdos de los que emergen nuevas historias que acaban dando sentido a las narraciones iniciales formando círculos que representan épocas y protagonistas con un hilo conductor común. Aunque la historia comienza en los años de posguerra, la primera parte se muestra como una retrospectiva de la vida de los protagonistas y de cómo han llegado a la situación actual. Este protagonismo está tremendamente repartido, la cantidad de personajes es tal que el lector puede sumergirse constantemente en vidas nuevas, escritas desde diferentes puntos de vista, de aquéllos que sobreviven como pueden a la dureza de la posguerra y de quienes sucumben ante la perspectiva de una protección no del todo real. En este sentido, parece que lo único que convierte a Manolita en la verdadera protagonista es el título y el relato de su historia en primera persona.




De todos los personajes, no puede decirse que ninguno sea plano, pero lo que sí es evidente es la diferencia en el tratamiento entre unos y otros. Todos viven una misma época de miedo e indefensión, unos incluso arriesgando su vida, pero mientras en los personajes de Toñito, Eladia o la Palmera se trata de enmascarar el sufrimiento aludiendo a capítulos llenos de amor, complicidad o esperanza (a pesar de estar todo tintado por un velo de tristeza), el personaje de Manolita es el peor tratado: en ella no parece haber esperanza, no destila odio pero tampoco ilusión, se debe a las circunstancias y muchas veces se ve obligada a actuar de una manera determinada por salvarle la vida a los demás. Afortunadamente, con el paso de las páginas, la pluma de Almudena Grandes provoca que salga la verdadera luchadora, alguien que cree que la felicidad aún se esconde en algún lugar.

Toñito es un joven guapo, con don de gentes y con mucho éxito entre las mujeres (y los hombres), algo que la autora emplea como excusa para encarnar el egoísmo propio de un Donjuan. La mala situación familiar no parece hacer mella en él, de hecho no parece siquiera que se preocupe lo más mínimo de sus cinco hermanos pequeños. Bastante tiene con esconderse.

Pero son otras dos figuras las responsables de la riqueza de este personaje. Eladia Torres encarna la humillación y la explotación, pero también la superación y un amor tan puro que es capaz de arriesgarse a las peores consecuencias con tal de asegurar el bienestar de Antonio. Por su parte, con Paco Román (la Palmera) asistimos al retrato amargo del homosexual condenado a esconderse o arriesgarse a ser señalado y perseguido por no comulgar con los cánones morales de una época de represión y oscurantismo.

Al relato de estos personajes, se suma en la segunda parte el de Isabel que, con apenas catorce años, tiene que abandonar su vida por ir a un internado acompañada de su hermana pequeña. En este personaje encontramos el punto de vista de la infancia, el retrato de la pobreza y la miseria desde los ojos de quien no entiende por qué sus mayores hacen lo que hacen o por qué parecen haber perdido la esperanza. Poco a poco va dándose cuenta de lo duro de su situación, embriagada por una soledad que la vuelve dura e insensible, pero capaz de reconocer los sacrificios de aquéllos a quienes más quiere.

Finalmente, otro de los personajes secundarios con mayor relevancia es Silverio Aguado, el único camarada capaz de descifrar las instrucciones de las multicopistas, lo que permitiría imprimir panfletos con propaganda comunista. El problema es que Silverio está en la cárcel de Porlier, por lo que Manolita debe urdir un plan para poder pasarle las instrucciones y que él las desvele evitando cualquier tipo de sospecha por parte de los carceleros.





Un aspecto muy interesante que puede apreciarse ya desde el comienzo de la narración es la forma en que se describe cómo en los años de guerra civil y de durísima posguerra en la capital conviven dos mundos: el mundo exterior, empobrecido, gris y cetrino que busca pasar desapercibido en un escenario de extrema pobreza, y el mundo interior donde cada personaje, cada familia vive su realidad de manera escondida; los ricos aparentan seguir siéndolo mientras clandestinamente se ven obligados a vender sus más preciadas pertenencias. En definitiva, todos se valen de pequeños subterfugios que no son más que la única válvula de escape a sus emociones, con el fin de tener la oportunidad de seguir sintiéndose vivos.

El final, a pesar de ser predecible, consigue que quien lo lee se enganche hasta la última palabra de la nota de la autora. Se trata de una historia plagada de referencias a personajes reales que han sido de gran importancia para la escritora; tal es el caso de la propia Manolita, una vida basada en la existencia de Isabel Perales, una mujer que vivió en primera persona la injusticia de tener que redimir la condena de su madre encarcelada. Otros muchos son invenciones basadas en experiencias reales. Por tanto, no deja de ser una ficción sin ficción, un retrato de la España más profunda, de la crudeza de una época que se llevó no sólo la vida de muchos, sino también la dignidad de los vivos. Es un retrato de la II República, de sus éxitos y fracasos, de lo que su desplome ocasionó en gran parte de la población cuando se dio paso a la consabida "una, grande y libre" en pos de una existencia autocrática, acomplejada y ninguneada.



martes, 17 de marzo de 2015

Los últimos días de nuestros padres

“La vida, señor, la vida es sin duda la mayor catástrofe que se haya concebido”

Tras el éxito cosechado con La verdad sobre el caso Harry Quebert, Joël Dicker nos deleita ahora con una novela histórica ambientada en la II Guerra Mundial: Los últimos días de nuestros padres que, a pesar de haber sido publicada más tarde, es la verdadera primera novela del jovencísimo escritor suizo. Entre sus diversos reconocimientos, hay que destacar el Premio de los Escritores Ginebrinos, con el que fue galardonado en 2010.






Paul-Emile, Palo, es un joven francés que un día de 1940 es reclutado por el ejército británico para formar parte del SOE (Special Operation Executive), ideado por el primer ministro Winston Churchill con el objetivo de reclutar y entrenar a extranjeros de la Europa ocupada por la Alemania nazi con el fin de trabajar como agentes secretos contra las Potencias del Eje. Casi sin darse cuenta, Palo se encuentra en un lugar inhóspito, frío y húmedo rodeado de personas a las que no conoce, personas que, a partir de ese momento, marcarán el devenir de su vida.






La novela se divide en cuatro partes donde el protagonismo de unos y otros hace que vayamos conociendo el interior de los personajes de manera escalonada. En un primer momento, Dicker nos sumerge en el reclutamiento y entrenamiento de los futuros agentes secretos del SOE, empezando por un retrato rico y fino de Palo. Poco a poco, la estructura de la novela se va llenando de nuevos personajes que enriquecen la narración y que no se limitan a una visión unilateral de la guerra.

Pasan los días y, bajo las agotadoras jornadas de entrenamiento, no hay sólo tiempo para el ejercicio mental y físico, sino también para el amor, una válvula de escape que hace los días menos insoportables. Podría decirse que en ese sentido, Laura le salva la vida.

Es durante esos días de entrenamiento cuando el título de la novela cobra un especial sentido. En medio de un clima de tensión y evaluación constante son pocos los momentos en los que se puede reflexionar con claridad sobre uno mismo y sobre la situación en la que se encuentran, pero pronto se dan cuenta de que están inmersos en algo más grande de lo que hubieran podido imaginar y que, tal vez, no vuelvan a ver a su familia.








A medida que avanzan los capítulos, Dicker va dejando preguntas en el aire a las que el propio discurrir de los acontecimientos va dando respuesta, cerrando así el círculo de la historia. Tanto es así que hacia la mitad de la narración se introduce un testimonio esencial para dotar de tridimensionalidad a la narración: Kunszer es un oficial alemán cuya misión es descubrir quién forma parte del SOE.

Destacan los pequeños detalles que añaden a las relaciones personales un plus de humanidad, como es la puerta siempre abierta de la casa de Palo, no sea que vuelva y no pueda entrar. Este matiz funciona como un recurso tremendamente simbólico que hila, a modo de historia paralela, la multitud de pequeños apuntes que se entremezclan con fotografías de la vida del padre de Palo durante su ausencia.

La novela está llena de un simbolismo mágico que pretende elevar la condición humana. Hay una alusión constante a los Hombres, se supone que son los soldados que intentan defender a su país, aunque me inclino a pensar que se trata de un término bastante más abierto y ambiguo carente de todo significado bélico. Estos Hombres pueden representar la lealtad, la honestidad y la valentía incluso en momentos en los que la supervivencia está por encima de todo. Se trata de un retrato crudo de la humanidad en tiempos de guerra, de la soledad que invade los corazones de quienes no saben en quién confiar, del miedo constante a vivir al límite y siempre en peligro. Es un retrato de quien quiere protegerse haciéndose prácticamente invisible a fuerza de callarse y no sublevarse.






El ritmo de la narración es tremendamente ágil, sobre todo en los momentos de mayor tensión, cuando se produce un sabotaje o un atentado. La fórmula empleada para mostrar los diferentes puntos de vista en los distintos escenarios estratégicos a base de pequeños párrafos que enseguida cambian de perspectiva hace que vayan apareciendo ante nosotros las imágenes tal y como lo harían en una película; podría decirse que hasta resulta fácil conformar los planos de la acción.

Para finalizar, me gustaría hacer un apunte acerca de un episodio que se relata muy al principio de la novela. Gordo, uno de los personajes más carismáticos, se gana la confianza de un zorro y le da nombre, lo que hace que los demás piensen que lo domestica...¿a qué famosísimo libro os recuerda eso?



miércoles, 28 de enero de 2015

La sangre de los inocentes

“Soy espía y tengo miedo”

Publicada en 2007, La sangre de los inocentes es la tercera novela de la escritora y periodista Julia Navarro, quien nos sumerge en el complejo mundo del fundamentalismo religioso, algo que desgraciadamente en las últimas semanas ha estado de rabiosa actualidad.






A mediados del siglo XIII, Fray Julián, un fraile dominico notario de la Inquisición, se debate entre la vida y la muerte en una pequeña tienda dispuesta dentro del campamento levantado por el senescal Hugues des Arcis (en connivencia con el obispo de Albi) con el objetivo de sitiar el castillo de Montsègur, donde resisten los cátaros. El mal que le aqueja poco tiene que ver con nada físico, su dolor está en el alma por verse partícipe de una injusticia: los cátaros son considerados unos herejes a los que hay que castigar y él, como notario de la Inquisición, juega un papel fundamental en los juicios contra sus almas. Un marcado sentimiento de culpa le ha llevado a hacerse espía de los bons homes o Buenos Cristianos (perfectos y credentes cátaros) entre quienes están miembros de su propia familia. Pero a pesar de la situación, tiene una misión encomendada: relatar con pelos y señales todo lo que pasó en el asedio y posterior rendición del castillo de Montsègur y hacer que llegue a manos de la esposa de Bertran d´Amis. Esa petición viene de parte de doña María, la mujer de su padre, una perfecta que decidió abandonar a su familia para dedicarse en cuerpo y alma a su fe.






Siglos más tarde, un día de mayo del año 1938, el profesor Ferdinand Arnaud es llamado para autentificar unos rollos de pergamino que contaban los detalles del asedio al castillo de Montsègur, presumiblemente redactado por un tal Fray Julián. Estos rollos llevaban siglos en la familia de Etienne Marie de la Pallisière, vigésimo segundo conde d´Amis, un personaje peculiar que comulga con las ideas de la época de la existencia actual de los cátaros y de la instauración de un “País Cátaro”.

En la actualidad, Raimond de la Pallisière es quien ha recogido el testigo de las excentricidades de su padre, está convencido de que es necesaria la instauración de un estado cátaro y, no sólo eso, sino que además se considera el abanderado de la rebelión que un día castigará a la todopoderosa Iglesia Católica.




Por su parte, Mohamed es un descendiente de musulmanes granadinos que se ha unido a la célula terrorista El Círculo, que comete atentados en nombre del Corán. Tras huir de la policía en Alemania, se ve obligado a volver a Granada, donde formará parte de un pequeño grupo que actúa a las órdenes de El Círculo.

La sangre de los inocentes es una historia contada a tres tiempos y en tres escenarios, una historia donde los personajes narran su propia intrahistoria de manera independiente pero con un hilo conductor muy claro que los acerca y los separa con el devenir de los acontecimientos: una fe convertida en fundamentalismo donde el único sentimiento que impera es el odio y una sed de venganza cuyos argumentos escapan a la lógica más absoluta. Este radicalismo está representado por tres lugares con una gran carga religiosa y simbólica: el palacio de Topkapi (Turquía), Santo Toribio de Liébana (España) y la basílica de la Santa Cruz de Jerusalén (Roma).








En definitiva, se trata de una red tejida por una gran cantidad de personajes secundarios que aparecen y desaparecen dotando de gran riqueza a la narración; tal es el caso de Milan Karakoz, un traficante de armas que actúa como punto de unión entre Oriente y Occidente, al que se le da un papel importante aún sin ser descrito y sin participar prácticamente en el libro.

Además, son muchas las alusiones que se hacen a lo largo de la narración a enfrentamientos entre religiones, etnias, grupos que comparten un territorio; un sentimiento que se escapa a la evolución del mundo, a los avances de la sociedad, a los ideales y valores que se supone deben imperar en el mundo contemporáneo. Es característica la alusión a la guerra entre serbios, bosnios y croatas acaecida en los no tan lejanos años 90 y a cómo tuvo lugar una verdadera limpieza étnica de musulmanes. Aún así, y teniendo en cuenta que todas estas alusiones lo que buscan es crear un escenario lo más claro posible para que el lector esté al corriente del contexto histórico más próximo a la trama, echo de menos que la autora entre más en profundidad en algunos temas. Da la sensación de que al principio el Catarismo tiene mucha fuerza, pero poco a poco se va diluyendo de modo que tan sólo nos quedamos con hechos aislados que en definitiva nos privan de una visión global. Lo mismo ocurre con el conflicto entre Oriente y Occidente, sólo se queda con lo superficial de la yihad mientras se nos presentan muyahidines demasiado planos para el papel que desempeñan.




Para terminar, hay dos cosas que me resultan interesantes:

En primer lugar, el doble significado del título, ya que de sus páginas se extrae que los “inocentes” no sólo fueron protagonistas en el siglo XIII, sino que lo llevan siendo desde que alguien decidió que en vez de educar en una religión era mejor luchar para imponerla.

Y en segundo lugar, me parece curioso cómo la mayor parte de las obras de Julia Navarro acaban recalando en la II Guerra Mundial con la consiguiente persecución y desplazamiento de miles de judíos a la Tierra Prometida, y en el conflicto palestino-israelí, claro ejemplo del fundamentalismo más radical.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Te regalaré el mundo

“En la celda del fondo hay un hombre que no sabe que se ha vuelto loco”

Así comienza Te regalaré el mundo, la primera novela de la periodista Marta Fernández, una de las novedades literarias de este 2014 al que tan poco le queda. A lo largo de sus 400 páginas, la autora nos sumerge en un mundo en el que se mezcla el pasado con el presente, la realidad con la ficción, y todo ello envuelto en una atmósfera de sabiduría, curiosidad, tristeza y dolor, mucho dolor.






Estamos en el siglo XVIII y el profesor Rossum lleva seis años encerrado en un manicomio. En su momento fue un científico respetado, incluso la reina María Ana de Austria le había encomendado la educación del heredero al trono de Portugal. No es consciente ni del tiempo que lleva allí ni de dónde está realmente, no es consciente ni de su propia realidad. Tal vez, después de pasar tanto tiempo rodeado de locos se haya vuelto loco él también.




Enviado por João V de Portugal a la corte española para cuidar de que su hija, Bárbara de Braganza, no fuera menospreciada por la madre de su prometido, la férrea Isabel de Farnesio, vive durante años con su esposa Constanza, una talentosa soprano y su hija Celeste, hasta que ésta muere por un problema de corazón incurable. Es tal el dolor que siente Héctor Rossum tras la muerte de su hija que toma la decisión de convertirse en una especie de dios con la capacidad de crear un mundo nuevo donde la esencia de su pequeña no desaparezca por completo. Quizás así pueda sobrellevar tanto dolor.






Pero ésta no es una historia real, es la novela de Leo Brock, un joven periodista que trabaja en la sección de cultura de la revista El Globo. Trabaja bajo las órdenes de Arnau, a quien considera su mentor, su guía y ese padre que nunca tuvo.

Esto hace que nos encontremos ante una novela magistralmente dividida en dos, una historia con su propia intrahistoria donde los personajes se complementan a la perfección. Mientras en la historia actual es Leo el protagonista, el niño abandonado y parece que olvidado por su padre, en su propia novela el protagonista es Rossum, que cumple ese papel de padre que a él le faltó, cerrando así un círculo de “familia perfecta”, supliendo la presencia de un padre por una personalidad y un amor que él mismo puede narrar, puede elegir.

Te regalaré el mundo se presenta como la vida de un escritor en el sentido más estricto. Es de sobra conocido que cuando alguien escribe siempre deja parte de sí mismo en sus palabras, como si cediendo sus sentimientos a un personaje ficticio pudiera decir lo que nunca se atrevió a decir, pudiera mostrarse tal y como es sin miedo a que nadie lo juzgue por sentir o no sentir, por pensar o no hacerlo. Pero en este caso la novela va más allá, no sólo podemos encontrar multitud de referencias de la vida profesional de la autora en el personaje de Leo, sino que es el propio Leo el que dentro de la novela está narrando una historia donde los personajes revelan sus más profundos sentimientos, donde un joven heredero al trono de Portugal convive con la cuasi ausencia de un padre megalómano, una ausencia que sólo el profesor Rossum, con su paciencia y cariño, es capaz de subsanar. Por su parte, Arnau es el Rossum de Leo ante la ausencia de un Fritz más preocupado por la física nuclear que por su propia familia.

Debido a esta estructura basada en un historia donde un personaje escribe otra historia de la que se nos hace partícipes, es evidente que hay un cambio de narrador. Mientras la historia de Leo está contada en primera persona donde tan sólo conocemos sus pensamientos y sentimientos y las acciones observables de los demás personajes, los protagonistas del siglo XVIII nos los presenta un narrador omnisciente capaz de entrar en su mente.

La novela puede considerarse en sí misma, además, una alusión a la profesión de la autora. En ella se desgranan los entresijos de una profesión en ocasiones poco reconocida, como cuando se está empezando, lo que cuesta ver tu nombre escrito bajo el título de un reportaje, etc. Personalmente hay aspectos que la autora toma en consideración que pueden ser fácilmente reconocibles en el mundo actual, concretamente en la televisión actual, donde parece estar de moda que los directores de periódicos salgan exponiendo datos y más datos sobre estafas, engaños y corrupciones poniéndose a sí mismos en evidencia cuando no son capaces de salir de un discurso aprendido y quien sabe si preparado por alguien ajeno.

En el plano más humano, Te regalaré el mundo habla de la pérdida, de la ausencia que sobreviene a la muerte o desaparición de un ser querido, del dolor que produce no volver a alguien a quien se ha querido tanto, a un padre, a un hijo. Muchas veces se dice que el amor mueve montañas, pero el amor amparado en el dolor es aún más poderoso si cabe, por eso cada persona busca su manera de deshacerse de tanto sufrimiento, de tanta nostalgia. En este caso, los protagonistas deciden inventarse un mundo paralelo a su vida real, Leo escribiendo una novela y el protagonista de ésta intentando revivir el alma de su hija.

A lo largo de sus páginas, Marta Fernández nos ofrece una narración muy cuidada, llena de matices y detalles, llena de adjetivos que acompañan perfectamente a los sustantivos, como si las piezas de un puzzle encajasen. Todo esto hace que el ritmo narrativo sea muy ágil, que una frase te lleve a otra con la facilidad de leer un ensayo.

Finalmente, hay dos aspectos que me han parecido curiosos y que, sin tener una relación directa con la narración, le aportan una elegancia y exposición difíciles de conseguir. Por una parte, son características las alusiones casi constantes a figuras culturales, ya sea de la literatura, del cine o del baile como puede ser la conocidísima Alicia de Lewis Carroll, Sally Bowles bailando y cantando con su bombín ladeado o Zsa-Zsa Gabor. Y por otra, la clara alusión que se hace a la prosopagnosia, una enfermedad que la autora ha declarado abiertamente tener y que consiste en la imposibilidad de reconocer las caras, estableciendo así la manera más clara y directa de presentarse ante los lectores.






No me gustaría acabar esta reseña sin decir que, en líneas generales, hay un cierto tinte futurista velado por una caracterización entre los siglos XVIII y XXI que se asocia con las grandes investigaciones científicas que desde hace décadas han querido desarrollar la idea del alma y la vida inmortal. A mi entender, el final no es en absoluto predecible y en él se conjugan todos los sentimientos que han ido aflorando paso a paso en los personajes en una vorágine de palabras y recuerdos que saltan de la historia real a la ficticia con la facilidad de quien se sabe leyendo su propia historia. Se trata de un magnífico final en el que la autora propone una serie de incógnitas acerca de la esencia de nuestro propio ser, de nuestra alma.

domingo, 30 de noviembre de 2014

La rubia de ojos negros

Benjamin Black es John Banville y John Banville es Benjamin Black, el pseudónimo bajo el que se oculta para escribir novela negra. Ya lo hizo con El otro nombre de Laura, En busca de April o Muerte en verano hasta que este 2014 se publicaba su última y esperada novela, La rubia de ojos negros, donde se mezclan la intriga, la sospecha y la desconfianza en una historia marcada por una desaparición.






Una calurosa tarde de verano el detective Marlowe recibe en su despacho a una clienta tan excepcional como misteriosa, la señora Cavendish, la rica heredera de uno de los negocios de perfumes más conocidos en todo Hollywood. La petición de la señora Cavendish es clara: encontrar a Nico Peterson, su antiguo amante, alguien de profesión incierta cuya descripción lo acerca más a la de un estafador de poca monta.

A partir de este momento da comienzo una investigación que lleva al detective Marlowe a los distintos escenarios donde una vez estuvo Peterson y a preguntar a todo tipo de personas sobre su posible marcha. Pronto llega a la conclusión de que no es el único que lo está buscando. Y no sólo eso, sino que además descubre que no está muerto y que la señora Cavendish lo sabe, entonces ¿por qué querría buscarlo?

Son varias las personas a las que recurre que no parecen darle muchas pistas, la clara intención de sus interlocutores por no querer ayudarle hace que Marlowe dé vueltas en círculos de los que parece no poder salir, donde todos son sospechosos pero nadie sabe nada, en definitiva, el típico planteamiento de cualquier novela detectivesca que se precie. Estos interrogatorios se estructuran a modo de pequeñas historias circunscritas en una única acción, como un paseo por el jardín o una merienda con el dueño de un local, mientras se hace un pequeño inciso para hablar de un personaje secundario: un camarero, el cliente de un bar, el trabajador de un club, pero en la mayor parte de los casos desviando la atención hacia alguien que no es el propio interrogado. Con esto se consigue un respiro en la narración, un momento de descanso en el interrogatorio, pero una piedra más en el camino de la investigación.

En este tira y afloja van sucediéndose los días hasta que, de repente, Marlowe se ve envuelto en un caso de secuestro y asesinato en el que deja de ser un mero espectador para ser un personaje más de una trama en la que cree no tener nada qué ver, al menos en un principio.

La narración está en primera persona desde la figura del detective, lo que nos da una visión externa de cada uno de los personajes, como si nos encontráramos tras el mostrador de una tienda y nos limitáramos a atender a la gente que pasa centrándonos en sus características básicas, ya que son pocos los datos que nos hablan de sus pensamientos.

El detective Phillip Marlowe es un personaje recuperado, por encargo de sus herederos, del imaginario de Raymond Chandler, que le dedicó nada más y nada menos que siete novelas y dos cuentos, siendo El sueño eterno, de 1939, la primera en la que aparece. Es el típico detective de película de los años 50, solitario y taciturno dedicado en cuerpo y alma a su profesión, que en este momento está pasando por sus horas más bajas. Se trata de un personaje cargado de ironía que siempre tiene una contestación ácida para cualquier tipo de pregunta o situación.






Clare Cavendish, una elegante pero misteriosa empresaria acostumbrada a tener en todo momento lo que quiere y que parece llevar un estilo de vida impropio para una mujer casada de la época, ejerce un gran magnetismo sobre Marlowe y, por lo que parece, sobre el género masculino en general, por lo que se establece una relación podría decirse que bastante íntima entre ambos desde un primer momento.

Hay un trasfondo de locura que impregna todo en esta novela, desde los personajes más secundarios hasta los escenarios más recurrentes. Debido a eso y al hecho de estar ambientada en los años 50, en ocasiones recuerda al halo que emanaba ese Edward Daniels tan magníficamente interpretado por Leonardo di Caprio en la no menos magnífica Shutter Island de Martin Scorsese.




Es precisamente esta ambientación a mediados del siglo pasado lo que más me ha gustado del libro, aunque son pocos los elementos que indican esta situación. Aún así es imposible no tener en mente una estética más que consumada donde priman los ocres y marrones otoñales, donde abundan los sombreros, las gabardinas y los cigarrillos en los hombres y las mujeres caminan subidas en altos tacones, van enfundadas en faldas de tubo y en sus cabezas se aprecian bucles estructurados en intrincados peinados coronados por sencillos pero sofisticados tocados.








Sin embargo, hay dos cosas en la novela que no han terminado de convencerme. Por un lado, el autor pone en boca de los protagonistas un lenguaje y expresiones demasiado modernas para la época que pueden dar la sensación de estar desubicadas. Por otro lado, bajo mi punto de vista el final es un auténtico caos, da la sensación de dibujarse una escena en la que concurren todos los personajes más o menos secundarios que han ido apareciendo a lo largo de la novela pero sin orden ni concierto. Aparecen y desaparecen como en una obra de teatro pero ninguno deja realmente clara cual es su relación con los demás y por qué está ahí en ese preciso momento. Ninguno parece darle especial importancia a lo que está pasando, aunque se trate de hechos hasta cierto punto cargados de violencia, odio y rencor. Sorprende además el tratamiento que se hace por parte de algunos personajes como si la situación les resultara incluso divertida.


En definitiva, no me ha gustado ni cómo se da fin a la historia, que más parece un “voy a sacármelo de encima”, a pesar de la literatura cuidada que caracteriza la escritura de Benjamin Black, ni el modo en que éste se ha estructurado.

sábado, 15 de noviembre de 2014

La artesana del vidrio

Una fría mañana de 1890 Joost Steinmann, soplador de vidrio de un pequeño pueblo de Turingia, aparece muerto en su cama. No había llegado siquiera a los cincuenta años y tenía tres hijas que mantener: Johanna, Ruth y Marie. El invierno es duro y las hermanas no tienen manera de ganarse la vida pero tras vender las últimas piezas de vidrio elaboradas por su padre parece que todo empieza a mejorar ya que Wilhelm Heimer, el vecino más rico del pueblo, les ofrece trabajar en su taller realizando labores similares a las que llevaban a cabo con su padre.

Así comienza La artesana del vidrio, la última novela de Petra Durst-Benning que en poco tiempo se convirtió en uno de los libros mejor vendidos de 2014 no sólo en Alemania, país de origen de la autora, sino en todo el mundo.






A través de una narración cuidada y ágil, la autora nos sumerge en la tradición de los sopladores de vidrio y más concretamente en la fabricación de adornos de Navidad, algo que identifica a Lauscha, el pueblo donde se desarrolla la historia, conocida hoy en día como la capital de los sopladores de vidrio de Alemania. Como la propia autora indica al final del libro, es cierto que fue en ese mismo pueblo donde comenzaron a fabricarse los primeros adornos para ser colgados en el árbol de Navidad pero en una época incluso anterior a la que queda reflejada en la novela, mediados del siglo XIX.






La novela está dividida en dos partes que enmarcan la narración en dos momentos determinados: 1890 y 1892. Cada una de estas partes está a su vez dividida en pequeños capítulos dedicados a cada uno de los personajes desde el punto de vista de un narrador onmisciente que nos acerca a los pensamientos y preocupaciones más profundos de todos ellos.

Johanna, Ruth y Marie se presentan como tres hermanas desvalidas que ante la repentina muerte de su padre se ven obligadas a enfrentarse a un mundo decimonónico donde las tradiciones están fuertemente arraigadas. Johanna tiene mucho carácter y un tesón que le lleva a ser la que menos miedo tiene a emprender una nueva vida, Ruth es enamoradiza y soñadora, algo que le provoca un gran sufrimiento y Marie es, en ocasiones, fría y obstinada pero también tremendamente creativa y sus creaciones suponen el comienzo de un nuevo rumbo en su vida. Estos caracteres se van forjando con el pasar de las páginas a medida que el narrador omnisciente cambia con cada capítulo el enfoque de una hermana a otra, lo que provoca que vayan adquiriendo cada vez más complejidad y que aumente la ambigüedad del propio título, escrito en singular.

Al poco de comenzar llega un momento en el que la historia se desdobla y asistimos a tres historias paralelas, las de las tres hermanas, cuyos caminos no podían parecer más diferentes: Johanna aprende la profesión de vendedora, Ruth se consagra a su amor por Thomas y a la búsqueda de una vida junto a un marido y Marie da rienda suelta a su carácter creativo y comienza a soñar con ser sopladora de vidrio, algo hasta el momento reservado a los hombre de las familias de Lauscha.

Asistimos pues al retrato de la sociedad europea de la época donde el machismo y la sumisión imperaban en la vida cotidiana de la mujer. En este sentido nos encontramos con malos tratos, abusos de poder y sometimientos pero también con dulzura, cariño y amor, mucho amor, fraternal, imposible, lejano y hasta tóxico.




Estos tres personajes principales están rodeados de multitud de caracteres secundarios, entre los que cabe destacar al señor Strobel, quien supone el contrapunto psicológico al resto de personalidades más “mundanas” que impregnan la trama con la mayor normalidad. Strobel es el encargado de enseñarle un oficio a Johanna y le abre las puertas a un mundo nuevo, el mundo de los negocios, pero su ambigüedad hace que en un principio no sepamos si nos encontramos ante un alma caritativa que sólo busca ayudar o ante un viejo depravado que pretende aprovecharse de la juventud e inexperiencia de Johanna. Su historia está llena de iniciales que ocultan las identidades de sus compañías, algo en lo que no se inmiscuye el narrador, tal vez un recurso de la autora para dotarle de un mayor interés.

Precisamente, el tratamiento de este personaje es el verdadero fallo de la novela. Strobel peca de ser un carácter con una gran complejidad, lo que llega a convertirlo incluso en alguien más interesante que las propias protagonistas. El problema está en que su historia no finaliza, sino que simplemente desaparece provocando una sensación de “quiero y no puedo” y sin dar respuesta a tres grandes interrogantes: quiénes se esconden tras las misteriosas iniciales, cuál es el negocio al que tanto alude en sus pensamientos, qué tipo de perversiones le mueven a comportarse como lo hace.

Justamente la perversión de este personaje está directamente relacionada con uno de los autores más perversos donde los haya: Donatien Alphonse François de Sade, el Marqués (1740-1814). En un par de ocasiones se menciona su nombre a propósito de un libro que puede haber caído en la manos menos adecuadas. La personalidad y las actitudes de Strobel tienen mucho que ver con las obras del Marqués, en el sentido de buscar a jóvenes ingenuos y sumisos para introducirlos en el mundo perverso de sus fantasías sexuales basadas en la dominación y el castigo, como queda patente en algunas de sus obras más conocidas como Filosofía en el tocador o Justine o los infortunios de la virtud.






Con un nivel de protagonismo hasta cierto punto menor, también tiene importancia la alusión al personaje de Franklin Woolworth, un comerciante que existió en realidad y que se encargaba de exportar a América toda suerte de adornos para árboles de Navidad.

En el final, al igual que en algunos puntos de la trama, los desenlaces protagonizados por las tres hermanas son bastante previsibles y en ocasiones incluso fáciles, pero esto no es algo que reste demasiado atractivo a la narración, que parece estar más centrada en mostrarnos la evolución personal de las protagonistas. Se trata de un final profundamente marcado por las diferentes historias de amor que envuelven la trama.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Palmeras en la nieve

Palmeras en la nieve fue uno de los fenómenos editoriales del año 2012 y la primera novela de Luz Gabás, profesora universitaria, lingüista, escritora y también alcaldesa, que nos introduce en un mundo colonial marcado por un amor imposible donde dos culturas chocan y se funden en la humedad y el calor tropical. Tal fue su éxito, que en 2015 se estrenará su adaptación al cine.






Pasolobino, 2003. Un pequeño fragmento de papel que revela la existencia de cuatro personas hasta ahora desconocidas es lo que hace que Clarence, hija y sobrina de colonos, se plantee muchas preguntas sin respuesta. Hasta ese momento se había conformado con lo que su familia le había contado pero ¿y si guardaran parte de su pasado oculto? A partir de este momento Clarence comienza una investigación personal que le llevará a la isla de Fernando Poo (en la actual Guinea Ecuatorial), en el trópico africano, un lugar donde su padre y su tío vivieron largos años, en busca de alguien llamado Fernando.

Pasolobino, un día de invierno de 1953. Jacobo y Kilian, oriundos de un pequeño pueblo de la montaña oscense, emprenden un viaje a la colonia africana donde vive y trabaja su padre, la Guinea Española. Aunque Jacobo ya ha estado más veces allí es la primera vez para Kilian, que observa todo con ojos de niño asustado, algo que le granjea continuas y molestas bromas desde el principio. De un día para otro se encuentra inmerso en un mundo completamente diferente al que hasta ahora había conocido, donde la libertad sexual es una seña de identidad, donde los recuerdos de una España franquista quedan velados por la calima tropical y donde Kilian, a pesar de los problemas iniciales, se va sintiendo cada vez más cómodo.




Luz Gabás nos presenta así una novela hecha para y por los personajes. Son muchos los que protagonizan sus páginas, aunque en esencia son sólo cuatro los que nos hacen saltar entre la España franquista colonial y la actual, mostrándonos los entresijos de nuestra historia reciente, de los años en que el colonialismo empezaba a resquebrajarse sumido en medio de las luchas de los colonos por recuperar sus tierras.



Los hermanos representan dos caracteres totalmente opuestos, dos actitudes antes la vida. Mientras Jacobo es retratado como un joven rudo, sin ningún tipo de interés en el compromiso y que va a la isla simplemente a trabajar, sin siquiera relacionarse apenas con los nativos, Kilian representa todo lo contrario: necesita conocer, saber para poder juzgar. Desde un principio le dicen que acabará amando esa tierra y él no sabe hasta qué punto esto será cierto.

Por su parte, el personaje de Clarence es, en esencia, la propia autora retratada: profesora universitaria, lingüista, habitante de un pequeño valle aragonés donde a finales del siglo XIX y a lo largo de casi un siglo los hombres emigraban a Guinea ecuatorial para trabajar en la exportación de cacao. Es el retrato de toda una comunidad, de su propia familia.

Finalmente, Laha supone la mezcla perfecta entre estas dos tierras, un hombre de mundo al que le gusta viajar, conocer, vivir, pero que también siente la necesidad de volver cada cierto tiempo a la tierra que le vio nacer, donde están sus verdaderas raíces y donde Bisila, su madre, guarda uno de sus mayores secretos.

El narrador omnisciente hace que conozcamos los entresijos de los pensamientos y sensaciones de todos los personajes, especialmente de Kilian y Clarence, los principales protagonistas de las dos partes de las que consta la novela: la juventud de Kilian y Jacobo en Fernando Poo y la visita de Clarence a Guinea Ecuatorial. Estas dos historias no se entrelazan a modo de investigación, sino que se desarrollan de manera más o menos independiente. Clarence ha leído la correspondencia de sus familiares durante el tiempo que vivieron en la isla de Fernando Poo, pero la narración no se limita a eso, sino que hay una descripción muy minuciosa de cada uno de los capítulos de la vida de los protagonistas. La primera parte se centra en la descripción del lugar y de la situación en general, por eso en ocasiones da la sensación de que no pasa nada importante. No obstante, a medida que avanzan las páginas el argumento comienza a adquirir un mayor interés: sentimientos, sospechas, incógnitas y pistas se van entrelazando dando lugar a situaciones, que aunque no del todo insospechadas, son capaces de transmitir lo complicado que es a veces luchar contra los sentimientos, contra el amor, el odio y la culpa.




Las descripciones tan cuidadas que hace la autora de cada uno de los escenarios hacen que seamos capaces hasta de percibir aromas, sensaciones, temperaturas. Así, podemos sentir un viento gélido y penetrante en el extremo invierno de la montaña aragonesa al mismo tiempo que palpamos la densa humedad que rodea la isla de Fernando Poo. Lo mismo ocurre con las distintas situaciones, descritas con tanto detalle y de una manera tan ágil y envolvente que el lector es capaz de meterse en la piel de los personajes sin el más mínimo esfuerzo: la emoción de Kilian es la nuestra al pasar por el pasillo de las palmeras que franquean la entrada de la finca Sampaka. Estas descripciones pueden ampliarse además al proceso de maduración, secado y tueste del cacao y las costumbres y creencias de la minoría étnica bubi, lo que le aporta un mayor interés y verosimilitud a lo que la autora nos está contando.






Palmeras en la nieve bien podría analizarse como dos novelas en una, dos partes de una misma historia que se complementan pero que tienen sentido por sí solas, algo que le aporta una mayor riqueza tanto en forma como en contenido. Estas dos narraciones nos presentan el retrato de un país, sus cambios, avances y retrocesos a lo largo de los años, manteniendo siempre una comparación velada con la situación en España (desde el franquismo hasta la democracia actual). Desde que se convirtió en una colonia española a finales del siglo XIX hasta su completa independencia en el año 1968 y la posterior dictadura de Macías, un dirigente de la etnia fang puesto por el gobierno español, quien la convirtió en el Auschwitz africano imponiendo un régimen de opresión y terror donde las etnias minoritarias eran masacradas. Estas situaciones socio-políticas quedan claramente reflejadas en los distintos personajes que conforman la trama.




Algo que me ha llamado la atención es el hecho de que el protagonista de la historia inicial es Kilian, mientras que lo que Clarence busca es más bien todo lo relacionado con su padre. Esto hace que dudemos capítulo tras capítulo en quién es el que vive ese amor tan intenso y estimulante que lo dejará marcado de por vida.

Sorprende un poco, además, la facilidad con la que Clarence se va topando con gente que será clave en el desarrollo de su investigación. Prácticamente no se encuentra con obstáculos y todo sucede sin decirle a nadie qué es lo que de verdad está buscando.

Independientemente de eso, Palmeras en la nieve es una novela de emociones y sentimientos que se diluyen y reaparecen a lo largo de los años, se trata de una lectura con una gran carga moral y emocional que hace que se nos llenen los ojos de lágrimas al comprobar que, a veces, las circunstancias son demasiado fuertes como para permitir que los sentimientos desborden a las personas. En definitiva, podría ser el retrato de cualquiera, independientemente de razas, religiones o clases sociales.