domingo, 9 de febrero de 2014

La historia de Kvothe: días uno y dos


El nombre del viento, primera novela del escritor estadounidense Patrick Rothfuss, vio la luz el 27 de marzo del año 2007 y supuso el comienzo de la trilogía Crónica del asesino de reyes.




A lo largo de sus más de 800 páginas, Rothfuss nos introduce en un mundo inventado en el que conviven realidad y fantasía y cuyo protagonista se llama Kvothe. Todo el mundo conoce a Kvothe, corren rumores sobre si es un héroe, un asesino o si simplemente no existe y son muchos los nombres que a lo largo de los años se han ido añadiendo a la lista: el Sin Sangre, el Arcano, el Asesino de Reyes,...





Pero la historia comienza una noche en la posada Roca de Guía, donde aparece un hombre ensangrentado y en estado de shock. Lleva entre sus manos un bulto, un demonio sin ojos ni boca pero con forma de araña: un escral, al que tan sólo puede combatirse con hierro y enterrándolo una vez muerto. La preocupación flota en el ambiente, en el pueblo sólo se cuentan historias pero siempre ocurren muy lejos de allí.

El posadero se hace llamar Kote en un intento por ocultar su verdadera identidad, pero Devan Lochees, un conocido Cronista, lo reconoce y consigue convencerlo para que le cuente su verdadera historia. Tras un momento de indecisión, la única condición que pone Kvothe es que contará su historia en tres días, ni uno más ni uno menos.

La verdadera historia de Kvothe empieza siendo muy niño como integrante de una troupe de artistas itinerantes, los Edena Ruh, que se ganan la vida organizando espectáculos de música, magia y acrobacias en pueblos y ciudades. En este ambiente Kvothe comienza a experimentar sus aptitudes artísticas hasta que conoce al viejo Abenthy quien guiará sus primeros pasos en la búsqueda del nombre del viento y demás fuerzas de la mente y la naturaleza.

Siendo todavía muy pequeño, un terrible suceso convulsiona por completo su existencia: los Chandrian, demonios antiguos y misteriosos, asesinan a todos los miembros de su troupe. A partir de este momento va creciendo cada vez más un deseo de venganza que sólo podrá mitigarse mediante la búsqueda de respuestas, lo que lo llevará a mendigar, robar e incluso entrar en la Universidad.




Catalogada dentro del género de fantasía, en un primer momento podría establecerse una conexión con otras famosas novelas fantásticas por todo el mundo conocidas, aunque esa conexión no vaya más allá de la recreación de un mundo irreal, ya que ni el tratamiento de los personajes, ni su evolución ni, por supuesto, su complejidad se asemejan a lo escrito por Tolkien o R. R. Martin.

Así, nos encontramos ante una lectura ágil donde no hay un número excesivo de personajes que vuelva complicado recordar relaciones de parentesco o multitud de guerras históricas. Los escenarios y personas se describen como seres reales pero están rodeados por otros muchos animales, demonios, hadas y sobre todo fuerzas de la naturaleza y de la mente completamente irreales. La descripción de las localizaciones, los personajes, las indumentarias o las costumbres hacen que el lector se imagine un mundo con una estética medieval. En este contexto son curiosos además los datos relacionados con las monedas empleadas, las medidas espacio-temporales o los distintos lenguajes.

Resulta muy interesante el retrato que se hace del personaje principal, ya que esta mezcla de realidad y fantasía se ve también en su propia personalidad, como por ejemplo cómo es capaz de evadirse de determinadas situaciones vinculando elementos que cambian hasta cierto punto su significado.

Personalmente creo que en toda la novela hay una trasfondo psicológico bastante fuerte. Se parte de la representación de un personaje que reúne, debido a las circunstancias, las características propias de una persona diferente y por ello inadaptada: demasiado inteligente y demasiado desgraciado. Cada dificultad a la que se enfrenta trata de racionalizarla al máximo hasta descubrir que la solución siempre ha estado consigo, que tan sólo debe mirarse a sí mismo para encontrarla. En este sentido, la estancia de Kvothe en la Universidad puede describirse como un gran puzzle formado por un montón de puzzles más pequeños: cada situación o adversidad es una especie de juego mental que tiene que solucionar.

La novela cuenta además con un gran trasfondo mitológico y religioso donde son evidentes las alusiones a determinados pasajes de la Biblia: Perial se queda embarazada de Tehlu y da a luz al hijo de Dios que a su vez es el propio Tehlu, una triple negación tal y como ocurrió con Pedro, etc.

La presentación del libro, en la que se cuentan pasajes de la vida de Kvothe que no ocurren en el primer volumen, hace que no sólo enganche capítulo a capítulo sino que incluso esto ocurre entre los dos libros.




El 1 de marzo del año 2011 se publicó la segunda parte de la trilogía: El temor de un hombre sabio. Esta segunda parte sigue más o menos la misma estructura que la anterior y conserva esa narración ágil que engancha.

Quizá encontremos un mayor número de descripciones de algunos de los personajes que rodean al protagonista, ésos que antes formaban parte de su día a día en un plano inferior pero que poco a poco van adquiriendo un mayor protagonismo. Tal es el caso de Auri y Sim, sus dos mejores amigos, muy alejados el uno del otro pero que son capaces de rellenar las carencias que presenta el protagonista.

En este segundo libro se retoma, de manera más intensa, la búsqueda por parte del protagonista de los asesinos de sus padres, algo que en la primera parte había quedado solapado por la gran cantidad de anécdotas. En la primera parte da la sensación de que todo lo que cuenta está relacionado con cómo fue su vida y con cómo logró sobrevivir hasta llegar a la Universidad, mientras que en la segunda parte todas las historias y anécdotas están encaminadas a la búsqueda de los Chandrian.

En esta ocasión Kvothe abandona la Universidad por un tiempo para instalarse en la corte de Vintas, donde tiene que fingir ser quien no es, en definitiva, un noble de alto rango. Esto supone un respiro para el lector ya que todo el tiempo que pasa hablando de la Universidad y lo que allí le ocurre se hace demasiado largo y repetitivo: sus desencuentros con Denna (una relación extraña que no llega a cuajar y que siempre supone una desilusión), las visitas a las tabernas, los desencuentros con Ambrose, etc.

En este segundo libro se aprecia una clara evolución psicológica del personaje, ya no sólo en cuanto a madurez propia de la edad sino a que poco a poco las circunstancias que le rodean lo van envolviendo en un halo de oscuridad y secretismo, lo que provoca situaciones imprevisibles para la figura del joven Kvothe.

El final deja abierto el desarrollo de una nueva trama, esta vez en el tiempo real, en los tres días en que Kvothe cuenta su historia.


martes, 21 de enero de 2014

Circo Máximo


El pasado 29 de agosto salía a la venta Circo Máximo: la ira de Trajano, el segundo volumen de la trilogía que Santiago Posteguillo dedica a la figura de quien fue el primer emperador nacido fuera de Roma y que supone la continuación de Los asesinos del emperador, anteriormente reseñada.




Centrada en sus primeros años de gobierno, la novela comienza en el año 101 d.C., tres años después del nombramiento de Marco Ulpio Trajano como emperador. Su gran popularidad, ganada a base de continuas mejoras de las infraestructuras públicas y una férrea persecución de la corrupción, hizo que los primeros momentos de su mandato estuvieran salpicados de conspiraciones y traiciones por parte de aquéllos que habían sido leales a Domiciano y los que consideraban la elección de un emperador hispano como una afrenta hacia el poder tradicional romano.




Al igual que ya ocurría en sus cuatro novelas anteriores, en Circo Máximo el autor nos sitúa ante una realidad salpicada de ficción. Así, desde un primer momento el hilo argumental se teje sobre las guerras contra los dacios enfrentando a un Trajano inteligente y comedido con el rey Decébalo, descrito como un personaje egoísta e idólatra. La decisión por parte del emperador de suspender el pago de la cantidad estipulada por Domiciano años atrás da lugar a una sucesión de ataques por parte de los dacios que encuentran una rápida respuesta en las tropas romanas, hasta que inevitablemente se desata “la ira de Trajano”.






Con los enfrentamientos contra los dacios como telón de fondo se desarrollan otras tres líneas argumentales que, en mayor o menor medida, enriquecen la trama.

En primer lugar, la historia de la vestal Menenia y de qué manera está relacionada con el emperador hace que el lector se enganche a lo largo de las más de mil páginas, a pesar de que en ocasiones aparecen personajes sin un tipo de misión clara. En este caso hay numerosas referencias al mundo de las supersticiones y los dioses en las que se cuentan anécdotas interesantes (como que un determinado sacerdote tuviera prohibido mirar a hombres encadenados o a perros, por ejemplo).




En segundo lugar, el auge de las carreras de cuadrigas aporta una descripción detallada de las costumbres y entretenimientos de la época, aunque por el título pueda esperarse un mayor protagonismo de este espectáculo (quizá el título de la versión italiana, L´Ispano, se adecue más al tema central).






En último lugar, y de manera totalmente anecdótica, se presenta la historia de los cristianos. Se le dedican muy pocos capítulos y de manera bastante espaciada por lo que el lector casi se olvida de que es una parte más; no resuelven nada, no cuentan nada nuevo y ni siquiera presentan una conexión clara con alguno de las demás líneas argumentales. Supongo que, al igual que ocurría con Los asesinos del emperador, estos capítulos responden a una participación real y de mayor importancia en el tercer libro.


El estilo narrativo es similar al de la trilogía de Escipión, se utiliza una gran cantidad de términos latinos traducidos en los anexos finales y cada batalla se apoya en mapas para que el lector pueda tener una visión general. Además, resulta interesante el hecho de que el autor incluya una nota histórica en la que desgrana la parte de realidad y ficción que hay en el libro: básicamente un enfrentamiento entre los hechos históricos y el desarrollo de los personajes.

Precisamente el desarrollo de algunos de los personajes es uno de los puntos fuertes de la novela. Del mismo modo que ya ocurría en la trilogía de Escipión, Santiago Posteguillo tiende a extremar el carácter de los protagonistas, o son buenos, inteligentes y justos o todo lo contrario. Pero en este caso es incluso más importante el tratamiento que se hace de otro tipo de personajes que comienzan siendo secundarios siempre a la sombra del emperador y que poco a poco van adquiriendo un protagonismo propio.

Tal es el caso de Cneo Pompeyo Longino quien, además de ser la persona de confianza de Trajano, protagoniza uno de los amores imposibles de la historia; Plotina, que tras ser retratada en la anterior novela como una esposa respetuosa y amable pasa a conspirar contra su marido; o el arquitecto Apolodoro de Damasco quien, con sus grandes construcciones como la Columna Trajana, el Foro Trajano o el Puente sobre el Danubio (del que sólo se conservan pequeños restos) ha permitido que llegue a nuestros días un pedacito de aquella historia de Roma ocurrida hace casi dos milenios.











Para conocer de qué manera Posteguillo relata el final de la historia no queda más que esperar a la publicación del tercer y último volumen de la trilogía, del que hasta el momento sólo son seguras las guerras contra armenios y partos.

domingo, 12 de enero de 2014

Dispara, yo ya estoy muerto


“Hay momentos en la vida en los que la única manera de salvarse a uno mismo
es muriendo o matando”




Con esta frase da comienzo Dispara, yo ya estoy muerto, la quinta y última novela de Julia Navarro, en la que se narra la historia de dos familias separadas por su religión pero profundamente unidas por una amistad que trata de sobrevivir durante generaciones.

La novela comienza en Jerusalén con una entrevista en la que Marian Miller, activista en una organización de refugiados, interroga a Ezequiel Zucker sobre la actual política de asentamientos promovida por el estado israelí. Poco después de empezar, lo que parecía ser una entrevista más acaba convirtiéndose en un relato en el que se entrecruzan dos vidas y tres escenarios cultural y geográficamente muy alejados.




Tras el asesinato de su familia, Samuel Zucker se ve obligado a mudarse con su padre a San Petersburgo para huir de unos pogromos cada vez más comunes en la Rusia zarista. A través de la historia de este personaje la novela hace un repaso por la persecución y marginalidad a las que fueron sometidos los judíos desde finales del siglo XIX en el Imperio ruso hasta la proclamación del Estado de Israel en 1948 y el consiguiente hostigamiento hacia el pueblo palestino.






Esta continua persecución hace que Samuel se debata entre sentirse antes ruso o judío y le sobrevuela una continua obsesión por dejar de lado su religión para así, a los ojos del mundo, convertirse en una persona integrada y aceptada por la sociedad de la época.






Este escenario está enmarcado también por la revolución de las ideas socialistas y anarquistas (Marx y Bakunin), ideas que atraen enormemente a Samuel debido a su concepto abolicionista de clases y religiones. Esto es visto por el protagonista como una vía de escape pero se acaba convirtiendo en una nueva persecución, ya no por motivos religiosos sino políticos. Esta situación supone un cierre de ciclo ya que, aunque no quiera, la religión vuelve a jugar un papel muy importante en su decisión de viajar a la Tierra Prometida.




En este momento la vida de Samuel se cruza con la de Ahmed, un palestino que ve como sus tierras son compradas por unos judíos, Samuel entre ellos, que traen consigo las ideas socialistas gestadas en el imperio ruso: establecen “colonias agrícolas” pero compartiéndolas con el prójimo (sean cuales sean sus creencias) y renunciando a cualquier propiedad individual.

A partir de este momento la historia se divide en dos narraciones con puntos de vista diferentes ante las mismas situaciones. Se mezclan vidas de judíos para quienes la religión es el motor de su vida y judíos para quienes el serlo supone una gran carga, lo que lleva a un desarraigo permanente con respecto a su patria y a su religión. También son protagonistas los palestinos quienes, bajo el yugo de los sultanes otomanos primero y los británicos después, sueñan con formar una patria árabe independiente.

Todas estas historias tienen como nexo de unión tres momentos en la historia de los pueblos judío y palestino: los pogromos en el imperio ruso de finales del siglo XIX, la I Guerra Mundial y la II Guerra Mundial. Aunque en todo el libro se trata de exponer los hechos desde dos puntos de vista muy diferentes no todos son contados con la misma intensidad; mientras las consecuencias de la I Guerra Mundial se hacen más visibles en la parte musulmana, la II Guerra Mundial es íntegramente contada desde el punto de vista de los judíos, pero no sólo desde el papel de las víctimas, sino también desde el de aquéllos que lucharon contra el nazismo.




En un principio puede parecer que se trata de la eterna lucha entre israelíes y palestinos pero en realidad parte de una visión mucho más humana, de cómo las circunstancias hacen que las diferencias religiosas y políticas entre dos pueblos puedan salvarse o, por el contrario, terminen por separarlos aún más.

En este escenario se desenvuelven multitud de personajes a medida que van pasando los años. Los protagonistas, Samuel y Ahmed, son quizá los más complejos, están llenos de dudas e inseguridades que acaban por forjar personalidades frías y duras que en ciertos momentos llegan a rozar la insensibilidad. El resto de personajes responde a la perfección a todos los perfiles que la historia va necesitando a medida que avanza: el espía, el integrante de grupo armado, el primer amor, el amor imposible, etc.


Finalmente, el desenlace se construye de manera cuidada, dando lugar a sorpresas finales pero creando un círculo sin principio ni fin en un conflicto real en el que ninguna de las partes está exenta de dolor y sufrimiento, ya sea actual o pasado.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Chamán

Publicada en 1992, Chamán es la segunda novela de la saga que Noah Gordon dedica a la familia Cole y que comenzó siete siglos atrás con El Médico.




La historia de los Cole se desarrolla en un escenario turbulento en el que se suceden grandes cambios en la sociedad estadounidense de mediados del siglo XIX. Comienza con las luchas de las tribus indígenas por mantener sus tierras y seguir siendo libres, continúa con el debate entre esclavistas y abolicionistas, la consiguiente Guerra de Secesión promovida por los estados del sur e incluso las diferencias entre religiones, que eran muchas teniendo en cuenta el gran porcentaje de inmigrantes con el que contaba Estados Unidos en aquel momento.






A modo de flashback, la historia comienza en 1839, momento en el que Rob J. (Judson) Cole se ve obligado a emigrar desde su Escocia natal a Estados Unidos por motivos políticos. Allí su primer destino es Boston, ciudad en la que comienza su nueva andadura como médico de la mano del cirujano Oliver Wendell Holmes. Pronto empieza a soñar con un nuevo destino, por lo que decide viajar hacia el Oeste e instalarse en Holden´s Crossing, un pequeño pueblo de reciente fundación en el estado de Illinois. Al mismo tiempo que establece un consultorio, movido por la curiosidad comienza su relación con la tribu nativa de los sauk, de quienes descubre que poseen toda una cultura en torno al arte de curar, aunque de una manera ritual y chamánica, lo que en ocasiones provoca ciertos choques culturales y de conocimiento.






A pesar de que la novela comienza con Rob J. (Judson) Cole como protagonista principal, a partir de la tercera parte es evidente un protagonismo compartido con su hijo Rob J. (Jefferson) Cole, conocido como Chamán, quien desde muy pequeño sufre una sordera permanente, lo que en un principio se interpreta como una incapacidad para llevar una vida normal.

Ya desde el principio del libro se aprecian rasgos muy significativos en torno a los personajes principales que recuerdan a ese Rob J. (Jeremy) Cole del siglo XI en cuanto a su afán por aprender, por aliviar el sufrimiento y el dolor físico a sus pacientes. También poseen el mismo don que su ancestro y una marcada habilidad artística (uno más que otro), elementos empleados como recurso para mantener un nexo de unión a pesar de tratarse de lugares, épocas y circunstancias totalmente diferentes.

El hecho de que generación tras generación el médico de la familia se llame Rob J. Cole (donde sólo la jota responde a un nombre diferente) hace pensar en todos los Aurelianos Buendía que protagonizaban Cien años de soledad. Aquí el nombre que empieza por la letra J se obvia durante toda la novela excepto en las presentaciones, quizá en un intento por reunir las cualidades y experiencias de varias vidas a lo largo de los siglos.

Esta segunda parte sigue prácticamente el mismo esquema narrativo que veíamos en la primera, y además por partida doble: un joven aprendiz pasa un tiempo con un hombre experimentado y se encuentra en la situación de tener que marcharse lejos de su casa por diversas razones, entre ellas el seguir aprendiendo para convertirse en uno de los mejores médicos.

Con respecto al resto de personajes, hay dos aspectos que me parece importante resaltar:

En primer lugar, el personaje de Makwa-ikwa es claramente secundario aunque en un principio se le da un protagonismo casi al nivel del de Rob J. (Judson) Cole, algo que se va diluyendo con el paso de las páginas. Resulta una figura interesante por todo lo que su cultura y sus circunstancias conllevan pero llega un momento en el que decae el interés por ella cuando podría habérsele dado un papel más activo.

Por otro lado y al igual que ocurre en todas sus novelas, no puede faltar una pequeña alusión al pueblo judío, en este caso protagonizado por la familia Gieger, un matrimonio que Rob conoce en Boston y que llega a convertirse en parte de su familia.


En definitiva, a pesar de no encontrarse al nivel de su predecesora, recomiendo su lectura aun siendo consciente de que al principio resulta un tanto difícil engancharse debido a la larguísima alusión a la historia de los sauk, hasta cierto punto necesaria para seguir el hilo argumental aunque demasiado extensa como para servir simplemente de telón de fondo.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Los asesinos del emperador

Los asesinos del emperador es el primer libro de la segunda trilogía de Santiago Posteguillo (La trilogía de Escipión) y en él se relata el ascenso, tras el ocaso de la dinastía Flavia a finales del siglo I d.C., de Trajano como primer emperador nacido fuera de Roma.




En este primer libro el verdadero protagonista no es otro más que Tito Flavio Domiciano, quizá uno de los emperadores más odiados de toda Roma. Cruel, altivo, egoísta y megalómano, Domiciano había convertido Roma en el escenario perfecto para sus caprichos, se hacía llamar Dominus et Deus (Señor y Dios) y la vida de todo habitante del Imperio pendía de un finísimo hilo.

El relato comienza en el año 96 d.C. en la Domus Flavia en el momento en el que se intenta asesinar al emperador. Inmediatamente un flashback nos sitúa en los años finales del imperio de Nerón y los fugaces Galba, Otón y Vitelio hasta que finalmente se instaura la dinastía Flavia encabezada por el emperador Vespasiano. Tras la muerte de su padre, Tito se convierte en emperador, pero dos años después Domiciano toma el relevo y con el tiempo se convierte en el imperio del pánico, un terror del que nadie está a salvo, ni siquiera su propia familia.




Esta época está enmarcada en los constantes problemas fronterizos con galos, germanos y dacios, y el despuntar de los cristianos, que viven con Domiciano una de las mayores represiones de su historia. Aún así, el emperador parece más interesado en descubrir el origen de la conjura que planea matarlo, tanto que llega a convertirse en su gran obsesión.

La estructura narrativa del libro es muy parecida a la que veíamos en la Trilogía de Escipión, un primer libro en el que el protagonismo se reparte entre antecesor y sucesor, capítulos cortos en los que se entrecruzan varias historias paralelas y batallas narradas con todo detalle apoyadas por los mapas, dibujos y esquemas de los anexos finales.

El parecido es tal que incluso el autor peca de lo mismo que en los libros anteriores. Las personalidades de los protagonistas parecen no tener un término medio, Domiciano reúne todo lo malo y a medida que avanzan las páginas el lector tiene más ganas de que alguien lo mate de una vez, mientras Trajano es descrito como el mejor general, personalmente cauteloso, responsable, generoso y justo, en definitiva, el símbolo de la perfección.

Sí es verdad que a pesar del aura de maldad que rodea al emperador, durante el relato se hace una breve alusión a unos primeros años de mandato en el que tuvo una gran popularidad por castigar a los corruptos y por liderar la reconstrucción de la ciudad tras el devastador incendio ocurrido en época de Tito. En el número de este mes de la revista National Geographic Historia hay un reportaje, escrito por el propio Posteguillo, que hace referencia a esta evolución en la actitud del emperador (interesante lectura).

Centrándome en el resto de aspectos que adornan la novela, he de decir que me resultó muy interesante la descripción que se hace de la construcción del gran anfiteatro Flavio que comenzó en época de Vespasiano pero que alcanzó su máximo esplendor durante el mandato de Domiciano, cuando se construyó el añadido del piso más alto. En este sentido, la novela también supone un acercamiento a los pavorosos espectáculos ofrecidos al pueblo cuya crueldad aumentaba irremediablemente. Con respecto a esto es interesante la figura del bestiarius, un ser del inframundo que vive en las entrañas del anfiteatro rodeado de animales salvajes y desprovisto de toda humanidad y el protagonismo de Marcio y Alana, que día tras día intentan no morir en la arena para ganar así su libertad.






De la segunda parte, Circo Máximo, la reseña está ya en el horno :)

domingo, 24 de noviembre de 2013

El Médico


El Médico (1986) es la cuarta novela del escritor estadounidense Noah Gordon y la primera de la saga dedicada a la familia Cole.




A comienzos del siglo XI la vida de Rob J. Cole transcurre en Londres, una ciudad en los albores de su expansión aunque gris, mugrienta y embrutecida. De manera casi consecutiva sus padres mueren y se ve obligado a separarse de todos sus hermanos. Casi completamente desahuciado es recogido por Barber, un cirujano-barbero-malabarista que viaja por Inglaterra tratando de curar todo tipo de dolencias con su Panacea Universal.

Durante varios años Rob aprende el oficio y descubre que sanar a los enfermos es más que una vocación, es un don, un sexto sentido cuyo desarrollo acaba por convertirse en el gran objetivo de su vida. A partir de este momento decide emprender un largo y peligroso viaje a la lejana Persia, donde el erudito Avicena dirige una de las escuelas de medicina más importantes del mundo.




El Médico se divide en siete partes que relatan los momentos más importantes de la vida de Rob. La primera de ellas, relativa a su aprendizaje como cirujano barbero, es la más larga y personalmente también la más tediosa. Aunque se hace referencia al afán del protagonista por aprender y por conocer el por qué de las enfermedades y su cura, y a cómo se entera de la existencia de la escuela persa, casi todos los capítulos se centran en el espectáculo llevado a cabo por el maestro y el aprendiz en cada pueblo, algo más o menos constante y con una mínima evolución que lo que hace es que el lector (por lo menos en mi caso fue así) pase capítulo tras capítulo deseando que Rob se decida a emprender el viaje que tanto anhela.

El final de esta primera parte marca el comienzo de su relación con la religión judía, que se convierte en el único nexo de unión entre su Inglaterra natal y su destino en Persia. A lo largo de todo el relato se hace una recreación bastante pormenorizada de las costumbres judías incluyendo además gran cantidad de vocablos propios (aunque algunos de ellos no estén traducidos ni explicados). Por pura necesidad Rob observa y aprende.

Desde el principio hay un gusto constante por mostrar la fe judía como una religión férrea, llena de normas y prohibiciones (en el libro ningún judío es capaz de dar una explicación más allá de que es “lo que dice la Torá”) y que trata insistentemente de distinguirse lo máximo posible de cualquier otra religión, principalmente del Cristianismo. En ocasiones parece incluso que se trata de justificar tal animadversión mediante un discurso un tanto victimista en ciertos aspectos. Aunque no conozco todas las novelas de Noah Gordon algunas de ellas están protagonizadas en mayor o menor medida por judíos, y el hecho de que él mismo haya nacido en el seno de una familia de origen judío puede servir como pequeña explicación a esta perspectiva.

A medida que la novela avanza y adquiere un carácter más cosmopolita se hace un retrato muy interesante acerca de la confluencia entre cristianos, judíos y musulmanes en la ciudad de Ispahán. Sus relaciones en el día a día, lo que opinan unos de otros o su convivencia en un mismo espacio aderezan la narración aunque no estén tratados con el mismo rigor: de los cristianos apenas hay referencias más allá de una existencia marginal tanto para el autor como para los personajes.

El personaje de Rob está en constante evolución, tanto física como psicológica. Mientras en un principio se presenta como un niño perteneciente a una familia pobre sin más pretensión que aprender a leer de manos de su madre y seguir los pasos de su padre como carpintero, poco a poco se va mostrando como un ser de una gran inteligencia y ambición que hace todo lo que está en su mano por alcanzar sus objetivos.

Existen tres aspectos recurrentes en la evolución del protagonista: la nostalgia por el mundo romano (se lamenta de que todos sus avances hayan quedado velados en la Edad Media por un halo de ignorancia y sometimiento), sus aptitudes artísticas y una constante búsqueda del conocimiento. Nos encontramos ante un Rob casi casi humanista.

Si antes hablaba de la rigurosidad en el retrato de costumbres y tradiciones, no puede decirse lo mismo del escenario histórico de la novela. El propio autor especifica que no pretendía crear una novela rigurosamente histórica y que, por tanto, puede haber ciertas licencias en cuanto a fechas y protagonistas. No son muchos los hechos históricos a los que se hace alusión pero Pompeyo y César no vivieron en el siglo III d. C. y aunque Juan XIX era el Papa de la época no era contemporáneo de Alejo IV, que vivió siglo y medio más tarde.

En definitiva, se trata de una novela muy recomendable cuya adaptación al cine se estrenará el próximo 25 de diciembre. Y por cierto, la elección de Ben Kingsley para el papel de Avicena no pudo haber sido más acertada.









lunes, 11 de noviembre de 2013

Todo lo que cabe en los bolsillos


Nueva York, 2009. Mika, en compañía de su nieto Daniel, se dirige al Museo de Historia Natural cuando de repente su mirada se cruza con un cartel que anuncia la función de un teatro de marionetas: El titiritero de Varsovia. Esas cuatro inofensivas palabras le hacen estremecerse y siente que los recuerdos se agolpan en su mente, demasiado dolorosos como para seguir guardándolos por más tiempo. Es el momento de que su nieto conozca su verdadera historia.




Varsovia, 1938. Nacido en una familia judía Mika es un niño feliz, vive con su madre y su abuelo en un piso situado en el barrio antiguo de la ciudad, le gusta ir al colegio y pasa las tardes jugando con sus amigos en la calle.

Pero esta felicidad se trunca en el momento en el que comienzan los primeros bombardeos. Tras una breve resistencia la ciudad se rinde a la superpotencia nazi y pronto empiezan a entrar en vigor nuevas normas que irremediablemente coartan la libertad de todo judío. Se les prohíbe entrar en cafeterías y museos, pasear por los parques, viajar en tranvía e incluso caminar por la acera. Esta tensa situación se mantiene hasta que a finales de 1940 todos los judíos son confinados en un minúsculo espacio de la ciudad, un “gueto” en el que la gente vive hacinada y abandonada, sin recursos y acuciada por un debilitamiento físico y psicológico constante (el propio Hitler había afirmado que “sin duda los judíos son una raza, pero no humana”, por tanto, no había necesidad de tratarlos como a tales).




En medio de este clima de pobreza, injusticia y desesperación extrema un abrigo de paño negro y una pequeña marioneta se convierten en la única vía de escape. Poco a poco, el interior del abrigo se va llenando de bolsillos de todos los tamaños en donde se guardan los bienes más preciados de una vida a la que prácticamente se lo han quitado todo.




La historia se construye en base a dos personajes fundamentales, Mika y Max, que representan el efímero mundo judío dentro del gueto y la opulencia y superioridad germana. A lo largo del relato sus vidas se cruzan y se separan en función de los acontecimientos pero siempre manteniendo a la marioneta como protagonista común. Estos personajes permiten conocer la historia desde dos puntos de vista aparentemente muy alejados y durante un período de tiempo bastante amplio, lo que nos acerca a unas psicologías en las que afloran miedos, aflicciones y traumas pero también comprensión, solidaridad y una persistente lucha por la supervivencia.

El hilo en el que se entretejen ambos testimonios lo constituyen el abrigo y la marioneta, a los que se les dota de vida propia. La prenda simboliza la vida en sí misma, todo aquello que tiene algún tipo de importancia y se resiste a quedar atrás, mientras que la marioneta se emplea para sacar a flote los pensamientos más profundos, las reflexiones de quien se ve obligado a vivir una vida que no eligió.

Pero existen otro tipo de simbolismos, ya que es característico el tratamiento que hace Mika con respecto a la figura de los alemanes. Al igual que éstos consideran a los habitantes del gueto como una masa gris e impersonal, sucia y carente de virtud, ellos son comparados de manera recurrente con las ratas, curiosamente un animal al que normalmente no se le atribuye ningún tipo de estímulo positivo. Salvando las distancias, puede recordar en cierto modo a lo que ocurre en Maus, en el que los nazis son representados bajo la forma de gatos, ensalzando su actitud déspota, egoísta y arrogante.

Algo que me sorprendió fue el cambio que se hizo en la traducción del título. El original es El titiritero de Varsovia, lo que convierte a Mika en el verdadero protagonista de la historia, el que rige los designios de la vida de la marioneta. Sin embargo, en su traducción al castellano se ha optado por Todo lo que cabe en los bolsillos, lo que a mi juicio supone un intercambio en los papeles, ya que en este caso parece ser la marioneta (con el abrigo como refugio) la que lleva las riendas. Pero ¿quién sabe?, tal vez se trate sólo de una percepción personal y que, sin duda, nada cambia el hilo argumental.

En definitiva, Todo lo que cabe en los bolsillos, la primera novela de Eva Weaver, es un relato corto pero intenso, de lectura ágil en la que la última frase de cada capítulo se emplea para abrir un nuevo horizonte, lo que hace imposible no seguir leyendo.